CONVERGENCIA POÉTICA
BIENVENIDO A TU CASA DONDE TUS LETRAS SERÁN

RECONOCIDAS

A NIVEL INTERNACIONAL.

Es nuestro lema: La Libertad.
Herramientas del lenguaje
Citas
BIBLIOTECAS
Obras nuestras
smilesmilesmilesmilesmilesmilesmilesmilesmile smile

SANTO/A DEL DÍA
Agosto 2017
LunMarMiérJueVieSábDom
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031   

Calendario Calendario

Palabras claves

cruel  tortura  hacer  Esta  como  


POBRES Y RICOS EN LA IGLESIA PRIMITIVA

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

POBRES Y RICOS EN LA IGLESIA PRIMITIVA

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Mar Mar 04, 2014 2:35 pm

 
[size=32] [/size]POBRES Y RICOS EN LA IGLESIA PRIMITIVA
PARTE SEGUNDA
Tertuliano: moral estoica
En Tertuliano se deja sentir particularmente aquella tendencia, que ya descubríamos en los «Mandamientos» de Hermas, que hace consistir la perfección cristiana más en el cultivo de uno mismo y en la pureza de costumbres que en el amor y servicio a los demás. Un estudio reciente (RAM- BAUX, Tertullien face aux morales des trois premiers siècles, París 1979), ha mostrado que el principio fundamental de la moral de Tertuliano no es el amor de Dios y dei prójimo, sino aquel afán de auto superación y de perfección propia que había llegado a ser el ideal de los mejores Filósofos de la época. Es una moral en el fondo pagana, aunque se presente apoyada con textos bíblicos Sin embargo, los escritos de Tertuliano ejercieron gran influencia en la moral cristiana posterior: a él se debe, en buena parte, que la moral cristiana haya revestido a menudo más un carácter de moral de auto perfección que de amor y de servicio al necesitado: una moral que, en definitiva, se fundaría más sobre el principio pagano de la enkrateia que sobre el principio evangélico de la ágape (cf. MINNERATH, Les chrétiens et le monde, 265 ss.).
 
Clemente de Alejandría claridad teórica y reduccionismo práctico
Clemente de Alejandría es un moralista de talante bien distinto. Está imbuido como el que más del pensamiento ético de las filosofías de la época: pero al mismo tiempo es un profundo conocedor de la Escritura, a la que quiere profesar fidelidad. Si no siempre lo logra del todo, no se puede negar que tiene una sensibilidad mucho más afinada que la de Tertuliano en lo que se refiere a las exigencias sociales del evangelio. Mientras que éste apenas si toma conciencia del problema que presenta la existencia de pobres y ricos en la comunidad cristiana, Clemente capta este problema e intenta tomar postura frente a él. Su oficio de catequeta de la Iglesia de Alejandría no le permitía soslayar el tema: Alejandría era la ciudad más populosa del mundo antiguo, centro de la cultura, de la riqueza y del comercio del mediterráneo; los contrastes entre la riqueza y el lujo de los grandes palacios y la pobreza del proletariado de los suburbios debían ser impresionantes. Un cristiano no podía permanecer indiferente.
En primer lugar, Clemente, con argumentos sacados a la vez de la Escritura y de la filosofía social del momento, arremete contra el lujo, el despilfarro y la ostentación. Todo el capítulo 3 del segundo libro del Pedagogo está dedicado a este tema.
Como ideal del uso cristiano de los bienes presenta Clemente el de atenerse a lo necesario y suficiente, que ya los filósofos y los escritores del NT habían designado como autarquía (cf. 2 Cor 9, Cool:
Los que se preocupan de la salvación han de tener por principio primero que todas nuestras posesiones están ordenadas al uso, y el uso a su vez ha de mirar a lo suficiente – autarquía –, lo cual uno puede alcanzar aun con pocas cosas. Son vanos los que en su insaciabilidad se complacen en sus tesoros.
La escritura dice: «El que acumula su salario lo echa en saco roto» (Ag 1, 6).(II, 39)
 
Consecuente con este ideal de autarquía –cuyas raíces se hallarían tanto en la literatura sapiencial de la Biblia como en la ética de los estoicos– Clemente proclama que la pobreza no es nunca un bien por sí misma:
Por la pobreza el alma se ve obligada a no poder ocuparse dc lo más necesario, que es la vida interior y la lucha contra el pecado Por el contrario, la salud y la abundancia de lo necesario mantiene al alma que sabe usar bien de lo presente libre y sin impedimentos (Strom IV, 5: PG 8, 1233).
Si la pobreza no es en sí un bien, tampoco la riqueza es en sí un mal, aunque sí algo que acarrea muchos peligros para la salvación. Para Clemente todo depende del uso que se haga de las riquezas, y en esto, fiel al Nuevo Testamento, no se entrega a la complacencia con los ricos, pero tampoco hace demagogia pauperista.
 
Es sabido que Clemente escribió una homilía o tratado Sobre la salvación de los ricos. A veces se ha dicho que este tratado está escrito para tranquilizar las conciencias de sus amigos pudientes, echando así agua al vino puro de la moral evangélica. Este juicio no parece del todo exacto. Clemente comienza diciendo que no es cristiano halagar y tranquilizar sin más a los ricos: pero cree que no por ello hay que desesperarlos de la salvación desde un comienzo, porque entonces «se entregan más y más al mundo, se pegan a esta vida como la única que les queda y se apartan más y más del camino que les lleva a la otra, sin averiguar a quiénes llama nuestro Señor y Maestro, ni de qué manera lo que es imposible para los seres humanos es posible para Dios» (n. 2). Lo que hay que hacer es apremiarles y exhortarles a que usen bien de su riqueza, comunicándola con los que no tienen.
Clemente sabe que la conversión del rico no es fácil, y que el apego a lo que se tiene obnubila y ciega: pero cree que no por ello hay que dejar de exhortar al rico, como lo hizo el mismo Jesús, que no condenó sin más a los ricos por serlo, aunque sí insistió en la dificultad mayor que tienen para salvarse.
Instrumento es la riqueza. Si de ella se usa justamente se pone su servicio de la justicia Si de ella se hace un uso injusto, se la pone al servicio de la in justicia. Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar. No hay, pues, que acusarla de lo que de suyo no tiene, al no ser ni buena ni mala la riqueza no tiene la culpa. A quien hay que acusar es al que tiene facultad de usar bien o mal de ella, por la elección que de sí y ante sí hace: y esto compete a la mente y juicio del hombre, que puede a su arbitrio manejar lo que se le da para su uso. Lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las pasiones del alma que no permiten hacer el mejor uso de ellas (n. 14)
No se puede negar que hay en los planteamientos de Clemente sobre la neutralidad moral de la riqueza en sí un cierto optimismo ingenuo. Veremos cómo algunos Padres posteriores no admitirán tan fácilmente que las riquezas no sean en sí ni un bien ni un mal, ya que intuyen que, de hecho, toda acumulación de riquezas estará inevitablemente implicada con alguna forma de injusticia. Es prácticamente imposible acumular mucho para sí sin privar a otros de lo que debieran disfrutar. La supuesta neutralidad de las riquezas está siempre abierta a la sospecha de justificación ideológica, como lo está también la idea de que las riquezas pueden ser instrumento para hacer el bien por la caridad. La doctrina de Clemente es, en el plano de los principios, correcta: los ricos pueden salvarse, si hacen buen uso de sus riquezas. Lo difícil es que en la práctica los ricos cumplan esta condición. Clemente no lo ignora: pero, en su intención de llevar a los ricos a la admisión del evangelio le parece oportuno no cargar demasiado las tintas sobre aquella dificultad. Podríamos decir que sustituye el tono comunitario de los evangelios –sobre todo del de Lucas– por el de una catequesis de captación.
Doctrina clásica de los grandes pastores
Empieza a tolerarse una forma de cristianismo que, de hecho, ignora sus exigencias sociales, o se contenta con cumplir con ellas de una forma muy parcial cuando no simbólica. De ahí nace el fenómeno del monacato: al darse cuenta de esta situación, hay seres humanos que ansiosos de radical fidelidad al evangelio creen no tener otro camino que el de vender literalmente todo lo que tienen y darlo a los pobres, y marchar al desierto a vivir en pobreza total y entrega de sí mismos a Dios. El monacato puede explicarse, al menos en parte, como un intento de recuperación de la identidad cristiana amenazada por el conformismo social. Sin embargo, en su mismo radicalismo rayano con la extravagancia, el monacato tampoco ofreció un modelo de vida universalmente válido y generalizable.
Los pastores seguirán predicando la necesidad de solidaridad efectiva en la comunicación de bienes, dentro de la vida común. Entre el inmenso acervo de literatura homilética de los Padres de los seis primeros siglos son innumerables los textos que surgen con esta intención: homilías y tratados contra los ricos, contra el lujo, sobre la limosna, contra la usura, sobre el tiempo de hambre, etc. Prácticamente ninguno de los grandes Padres de la Iglesia dejó de tratar estos temas. Sería imposible intentar resumir en pocas páginas ni siquiera lo más importante de este inmenso acervo literario. Aquí no podremos dar más que unos pocos como botones de muestra de la manera cómo algunos de los Padres más influyentes enfocaron el problema la pobreza y de la riqueza en las comunidades cristianas.
 
San Basilio: los ricos son ricos a costa de los pobres
San Basilio, hijo de una familia hacendada de honda raigambre cristiana, cuando quiso seguir fielmente el evangelio optó por el monacato, abandonando su tierra y pasando a Palestina y Egipto. Volvió para introducir esta forma de vida en su propio país, pero pronto fue llamado a regir la sede metropolitana de Cesárea de Capadocia. Allí, sin dejar de fomentar las comunidades ascéticas de estricta comunicación de bienes, se preocupó de inculcar en la generalidad de los cristianos sus responsabilidades frente a la pobreza imperante. Lo que significaba esta pobreza queda dramáticamente expresado en una de sus justamente famosas homilías contra los ricos. Es un texto oratorio de los más vigorosos de su autor, que no cabe minimizar so pretexto de que se trata de exageraciones retóricas:
El pobre busca por los rincones de la casa y ve que no tiene oro ni lo tendrá jamás. Mira a sus hijos, y ve que, o ha de dejarlos morir, o ha de llevarlos a vender al mercado. Pondera tú la lucha entre la tiranía del hambre y el afecto paterno. El hambre amenaza con la muerte más espantosa: la naturaleza induciría más bien a morir juntamente con los hijos... Verdaderamente esto es un callejón sin salida... Si los quiero conservar a todos, dejaré que todos se consuman a fuerza de privaciones. Si entrego a uno, ¿cómo podré mirar aún al otro, hecho ya reo de traición? ¿Cómo habitar en mi casa, cuando yo mismo me he causado la orfandad? ¿Cómo comer de la mesa que ha sido abastecida a. tal costa? Aquel infortunado, entre lágrimas interminables, marcha a vender al que más quiere de sus hijos, pero tú no te conmueves de su tragedia, ni tienes en cuenta que os une la común naturaleza... El entrega sus entrañas por el precio de la comida, y tu mano no sólo no se paralizo al negociar “ con semejantes calamidades, sino que todavía regateas, y sopesas el más y el menos, pretendiendo tomar lo más que puedas dando lo menos posible... (PG 31, 269 ss;).
 
Los antiguos argumentos van adquiriendo desarrollos que quedarán como clásicos:
Dices: ¿A quién hago daño reteniendo lo que es mío Dime: ¿qué cosas son tuyas? ¿Las tomaste de alguna parte para venir con ellas a la vida? Le que ahora tienes, ¿de dónde procede? Si respondes que del azar, eres un impío, pues no reconoces al creador ni le das gracias por sus dones. Pero si confiesas que todo te viene de Dios, confiesa la razón porque lo has recibido. ¿Será Dios injusto repartiendo desigualmente los medios de vida? ¿Por qué tú eres rico y el otro pobre? No será sencillamente para que tú puedas tener el mérito de tu generosidad y buena administración, y el otro sea honrado con los grandes premios de la paciencia? (PG 31. 276 ss.).
Basilio, como vemos, no sólo repite el antiguo argumento de que los bienes de la creación son don de Dios para uso de todos, sino que insinúa la observación sociológica de que los ricos son ricos a costa de los pobres. Pero en realidad a S. Basilio no le interesan tanto las teorías sociológicas cuanto la exigencia de fidelidad al evangelio. En una homilía sobre el pasaje evangélico del joven rico argumenta de nuevo con fuerza inigualable:
Si realmente amases a tu prójimo, tiempo ha hubieras pensado en desprenderte de lo que tienes. Pero la verdad es que llevas más pegado a ti el dinero que los miembros de tu cuerpo, y te duele más desprenderte de él que si te cortaran los miembros más importantes (PG 31, 281).
 
San Juan Crisóstomo: hipoteca social de la riqueza.
San Juan Crisóstomo fue no sólo un extraordinario orador, sino un gran pastor plenamente identificado con los problemas de su grey en las dos grandes ciudades en que hubo de ejercer su ministerio: primero en su Antioquía natal, capital de la provincia de. Siria, y luego en Constantinopla, capital del Imperio de Oriente. Sus sermones ofrecen extraordinario interés, a la vez como testimonio de las condiciones sociales de la época y corno muestra de la manera cómo los pastores urgían – aunque a veces confesadamente con escaso éxito – la exigencia de solidaridad cristiana. Siendo sus textos al respeto numerosísimos y de una claridad diáfana, prefiero limitar al mínimo mi comentario, dejando que se oiga directamente la voz del gran pastor.
Recojo, en primer lugar, algunos de los textos en los que se describe la mísera condición de los más pobres[1]:
...Al venir a vuestra reunión, atravesando plazas y callejas, he podido ver a muchos tendidos en las esquinas, unos mutilados de manos, otros ciegos, otros hechos una criba de llagas y heridas in- curables, mostrando precisamente las partes que, por estar llenas de podredumbre, más debieron cubrir, Ante este espectáculo me ha parecido que sería extremo de inhumanidad no hablaros de ello., Así pues, ya que carecen de lo necesario más que nunca, y además se les quita el trabajo, ya que nadie toma a jornal a los miserables ni se los llama para servicio alguno, no queda sino que las personas misericordiosas les tiendan las manos y hagan las veces de patronos que los contraten He ahí nuestro mensaje de hoy. (PG 51, 261 ss.)
Los que poseen campos y sacan de la tierra sus riqueza son de lo más inicuo. Viendo cómo tratan a los míseros y trabajando labradores, se verá que son más crueles que unos bárbaros 4 los que están consumidos de hambre y se pasan la vida trabajando, todavía les imponen exacciones continuas e insoportables y les obligan a los esfuerzos más penosos. Sus cuerpos son como de asnos o de mulos o, por mejor decir, como de piedra No les conceden un momento de respiro. Produzca o no produzca la tierra igualmente les exigen y no les perdonan por ningún concepto. ¡Miserable espectáculo! Trabajan todo el invierno y después de consumirse al hielo y a las lluvias y e las vigilias, se encuentran con las manos vacías y, encima, cargados de deudas. (Ruiz Bueno, II, 274).
 
El cuadro difícilmente podría dibujarse con tintas más fuertes: Por una parte, un pauperismo y unos abusos escalofriantes: por otra, una irresponsable indiferencia en los más pudientes de entre los mismos cristianos, que se conforman a las prácticas económico-sociales de su época. En medio, la Iglesia intenta paliar la situación con obras de caridad benéfica. Pero ello acarrea a la Iglesia problemas. S. Juan Crisóstomo es consciente de que aquí la Iglesia jerárquica ejerce una función subsidiaria que no le es propia y que más bien le entorpece en su función más específica:
Por culpa vuestra y por vuestra inhumanidad han venido a parar a la Iglesia campos, casas, alquileres de viviendas, carros, mulos y muleros y todo un tren de semejantes cosas. Todo este tesoro de la Iglesia debería de estar en vuestro poder, y vuestra buena voluntad debiera ser su mejor renta Mas lo cierto es que ahora se dan dos males el primero, que vosotros no obtenéis el fruto de la limosna, y el otro, que los sacerdotes de Dios no entienden en lo que debieran... De ahí que nosotros no podamos abrir la boca, ya que le Iglesia de Dios no se diferencia en nada de los seres humanos del mundo... Nuestros obispos andan más metidos en preocupaciones que los tutores, los administradores y los tenderos. Su única preocupación debieran ser vuestras almas y vuestros intereses y ahora se rompen cada día la cabeza por tos mismos asuntos que los recaudadores, los agentes del fisco, los contadores y los despenseros... (Ruiz Bueno, II 667)
 
No es correcto que los cristianos abdiquen de sus responsabilidades de solidaridad, descargándolas en la Iglesia. Lo que han de hacer es aguzar su sensibilidad, revestirse de entrañas de caridad y compartir con todo necesitado:
Locura y frenesí manifiesto es llenar las arcas de vestidos y despreciar el que fue creado a imagen y semejanza de Dios, dejándolo desnudo y tiritando de frío y que apenas se tenga en pie. Me decís: Es que finge todo esto del temblor y la debilidad., Perdonadme: esta palabra me hace reventar de indignación. ¿Vosotros, que os regaláis y engordáis que seguís bebiendo hasta bien entrada la noche, que luego vais y os arropáis en blandas colchas, vosotros, digo, creéis que no vais a sufrir el castigo merecido al hacer un uso tan in justo de los dones de Dios...? (PG 61, l76 ss.)
Sin duda que ya entonces se daba la picaresca del que se fingía más pobre de lo que realmente era, aprovechándose para vivir sin esfuerzo, aunque fuera malamente, de la caridad ajena. Los ricos sacaban de ahí excusas justificadoras de su dureza de corazón. Otras veces la excusa era la supuesta perversión o degradación moral de los pobres: el rico, desde su situación de privilegio, siempre está dispuesto a pasar juicio moral contra el que es menos que él: no se contenta con ser rico, sino que ha de presentarse como bueno, y mejor que nadie. S. Juan Crisóstomo insiste en que el pobre no ha de ser juzgado: se ha de socorrer su indigencia, no premiar su moralidad:
El que quiere practicar la bondad no ha de pedir cuenta de la vida, sino remediar la pobreza y socorrer la necesidad. El pobre sólo tiene una defensa, que es su indigencia y necesidad. No le pidas más aun cuando fuere el ser humano más malvado, si carece del sustento necesario, remediemos su hambre. Así nos lo mandó Cristo: «Sed como vuestro Padre del cielo que hace salir el sol sobre buenos y malos» (Mt 5, 45)... No damos limosna a las costumbres, sino a las personas. No le tenemos compasión por su virtud, sino por su calamidad. De este modo nos atraeremos también nosotros del Señor su mucha misericordia. (PG 48, 985 ss.).
De esta forma aparece, no como resultado de metódico análisis de los mecanismos sociales, pero sí con clara intuición de lo que está en el fondo de los mismos, la idea de que la acumulación de riqueza es en realidad una rapiña encubierta: en vano el rico puede intentar tranquilizar su conciencia:
El no dar parte de lo que se tiene es ya como una rapiña. Las Escrituras dicen ser rapiña avaricia y defraudación, no sólo arrebatar lo ajeno, sino también no dar parte de lo suyo a los otros... Esto dice para demostrar a los ricos que lo que tienen pertenece al pobre, aún cuando lo hayan adquirido por herencia paterna o les venga el dinero de donde quiera que sea., Las cosas o riquezas, de donde quiera las recojamos, pertenecen al Señor, y si las distribuimos entre los necesitados lograremos gran abundancia (PG 48, 984).
Sólo en la verdadera y efectiva solidaridad fraterna entre los hijos de un mismo Padre puede tener sentido la oración, el culto y, sobre todo, la celebración de la eucaristía. Las palabras del Crisóstomo a este respecto podríamos decir que siguen siendo de rabiosa actualidad:
Este sacramento no sólo exige estar en todo momento puros de toda rapiña sino de la más mínima enemistad. Este sacramento es un sacramento de paz. no nos consiente codiciar las riquezas... Y no pensemos que basta para nuestra salvación presentar al altar un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos. Si quieres honrar este sacrificio, presenta tu alma, por la que fue ofrecido. Esta es la que has de hacer de oro... Este sacramento no necesita preciosos manteles sino un alma pura. Los pobres, en cambio, sí requieren muchos cuidados. Aprendamos, pues, a pensar rectamente y a honrar a Cristo como Él quiere ser honrado. ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena de vasos de oro si El se consume de hambre Saciad primero su hambre, y luego, de lo que sobre, adornad también su mesa. (Ruiz. Bueno, II, 79 ss.).
De esta manera, Juan Crisóstomo, el más vigoroso y elocuente entre los Padres, es a la vez el más ardiente defensor de los pobres y el más insistente amonestador a los ricos para que no descansen en el uso egoísta de sus riquezas.
 
Ambrosio de Milán: la tierra ha sido creada para todos
Ambrosio, que por elección popular fue inesperadamente trasladado de las funciones administrativas del Imperio a la tarea de regir la Iglesia más importante del norte italiano, no es tal vez ni un pensador muy profundo ni muy original. Improvisó su formación teológica una vez elegido Obispo procurando asimilar lo mejor que había producido los máximos pensadores de Oriente y de Occidente: y lo hizo con singular penetración, de tal suerte que su obra puede considerarse como una vigorosa suma de todo el pensamiento cristiano primitivo. En el tema que nos ocupa, vemos que insiste en los argumentos que proponían un Basilio o un Crisóstomo: pero los elabora a su manera y según las necesidades de su auditorio. Como botón de muestra, no haremos más que reproducir algunos fragmentos de una de sus obras más celebradas, un comentario a la historia bíblica de Nabot que, escrito hacia el año 395, parece que es como un ensamblaje de varios de sus sermones contra los ricos (PL 14, 765 ss.)
La historia de Naboth sucedió hace mucho tiempo, pero se renueva todos los días. ¿Qué rico no ambiciona continuamente lo ajeno? ¿Cuál no pretende arrebatar al pobre su pequeña posesión e invadir la herencia de sus antepasados? ¿Quién se contenta con lo suyo?... ¿Hasta dónde pretendéis llevar, oh ricos, vuestra codicia insensata? ¿Acaso sois los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expulsáis de sus posesiones a los que tienen vuestra misma naturaleza y vindicáis para vosotros solos la posesión de toda la tierra? En común ha sido creada la tierra pera todos, ricos y pobres; ¿ por qué os arrogáis, oh ricos, el derecho exclusivo del suelo? Nadie es rico por naturaleza, pues ésta engendra igualmente pebres a todos. Nacemos desnudos y sin oro ni plata Vosotros, oh ricos, no tanto deseáis poseer lo que es útil como quitar a los demás lo que tienen. Cuidáis más de expoliar a los pobres que de vuestra ventaja Estimáis injuria vuestra si el pobre posee algo de lo que juzgáis digno de la posesión del rico. Creéis que es daño todo lo que es ajeno. ¿por qué os atraen tanto las riquezas de tu naturaleza? El mundo ha sido creado para todos y unos pocos ricos intentáis reservároslo Vosotros revestís e vuestras paredes y desnudáis a los seres humanos. El pobre desnudo gime ante tu puerta, y ni le miras siquiera. Es un hombre desnudo quien te implora y tú sólo te preocupas de los mármoles con que recubrirás tus pavimentos. El pobre te pide dinero y no lo obtiene; es un ser humano que busca pan y tus caballos tascan el oro bojo sus dientes. Te gozas en los adornos preciosos, mientras otros no tienen qué comer. ¡Qué juicio más severo te estás preparando, oh rico! El pueblo tiene hambre y tú cierras los graneros; el pueblo implora y tú exhibes tus joyas ¡Desgraciado quien tiene facultades para librar a tantas vidas de la muerte y no quiere! Las vidas de todo un pueblo habrían podido salvar las piedras de tu anillo...π
Algunos aspectos más particulares de la moral social de San Ambrosio, y en particular las semejanzas y diferencias entre esta moral y la filosofía social de la época, han sido objeto de estudio en mi contribución al volumen colectivo Fe y Justicia, ya mencionado.
 
A modo de síntesis
La Iglesia no sólo fue desde los comienzos una comunidad de pobres, sino que tuvo plena conciencia de que la fraternidad traducida en solidaridad efectiva era la expresión connatural y necesaria de aquella disposición de filiación para con Dios-Padre, que había sido el centro de la predicación de Jesús y que había sido confirmada por la efusión de su Espíritu prometido. Esto se expresa muy tempranamente en principios básicos de conducta cristiana, como son los de «no dirás que nada sea tuyo propio», o «comunicarás en todo con tu hermano». Estos principios se mantendrán sustancialmente, aunque corran el peligro en determina- dos momentos de quedar en segundo término frente a corrientes que tienden a llevar al cristianismo hacia formas de religión más cultural o de auto perfección ascética (encratismo, montanismo) o también de teosofismo gnóstico. La vigencia sustancial de aquellos principios puede apreciarse por el hecho de que la apologética de los tres primeros siglos puede presentar la efectiva solidaridad en las comunidades cristianas como «novedad» singular y argumento en favor del valor intrínseco del cristianismo.
Con la expansión numérica subsiguiente a la conversión de Constantino, aquella solidaridad se hace cada vez menos efectiva, y coexisten en las comunidades ricos y pobres, con una conciencia cada vez más debilitada de las obligaciones de unos para con los otros. Los pastores se ven entonces en la necesidad de reavivar la conciencia primitiva, multiplicando exhortaciones que, al parecer, pocas veces obtenían el efecto deseado. Las exhortaciones a la solidaridad y comunicación de bienes, a la autarquía y sobriedad, a la limosna, contra la usura o el lujo, etc., ocupan gran parte de la homilética patrística.
Se repiten los principios primitivos y se refuerzan con nuevas formas de argumentación: el principio estoico de que la naturaleza dispuso todas las cosas para uso común es reinterpretado teológicamente en el sentido de que Dios creador y padre de todos quiere que todos disfruten de sus dones. Urgiendo este argumento se llega a la afirmación de que el rico roba al pobre de lo que es suyo y le pertenece cuando acapara los bienes de la tierra más allá de lo necesario, con pretensión de uso y disfrute exclusivo. Más aún: se descubre que los ricos lo son a costa de los pobres, y que las riquezas aparentemente honestas o heredadas son siempre fruto de injusticia y rapiña más o menos encubierta o remota. La riqueza sólo es justificable cuando se pone al servicio del bien común de todos.
Sin embargo, los Padres, aunque son radicalísimos en la condena de esos abusos, prácticamente no llegan a postular reformas de fondo de la misma estructura social que los fomentaba: no tenían medios de análisis de los mecanismos económicos, ni menos aún disponían de remedios para subsanar sus deficiencias. Sólo podían exhortar a la limosna, a la generosidad, a la sobriedad y a tener entrañas de humanidad y piedad cristiana.
La Iglesia como tal practicaba estas virtudes, constituyéndose en una especie de institución de «Seguridad Social» o de beneficencia pública de importancia muy considerable, como lo muestra el texto de S. Juan Crisóstomo que nos informa de que más de 3.000 personas eran socorridas diariamente en Constantinopla con fondos de la Iglesia. Aunque tal vez con criterios modernos estas exhortaciones a la generosidad puedan parecer poco eficaces, seguramente habría que conceder que en aquel mundo de crueles desigualdades debieron de tener un efecto altamente beneficioso, y que debieron de ser muchos los desgraciados que lograban subsistir gracias al amparo o a la exhortación de la Iglesia.
Para no alargarme más, diré simplemente que los cristianos del bajo Imperio tal vez cumplían tan mal como los de nuestro propio tiempo las exigencias sociales del evangelio. Pero, al menos, entonces se oían voces de pastores que tronaban contra la inconsciencia general, cosa que tal vez hoy acontece más raramente y seguramente con menor fuerza.


Tomado de la revista «Éxodo»

Fuente Josep VIVES
avatar
CECILIA CODINA MASACHS
Moderador
Moderador

Mensajes : 8042
Fecha de inscripción : 17/08/2012
Edad : 66
Localización : Valencia-España

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.