CONVERGENCIA POÉTICA
BIENVENIDO A TU CASA DONDE TUS LETRAS SERÁN

RECONOCIDAS

A NIVEL INTERNACIONAL.

Es nuestro lema: La Libertad.
Herramientas del lenguaje
Citas
BIBLIOTECAS
Obras nuestras
smilesmilesmilesmilesmilesmilesmilesmilesmile smile

SANTO/A DEL DÍA
Octubre 2017
LunMarMiérJueVieSábDom
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031     

Calendario Calendario

Palabras claves


SAN JUAN DE ÁVILA

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

SAN JUAN DE ÁVILA

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Miér Mayo 14, 2014 6:43 am

[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
SAN JUAN DE ÁVILA
RESEÑA
«Maestro de la caridad, doctor de la Iglesia y patrón del clero secular español. Influyó en la conversión de san Juan de Dios y de san Francisco de Borja. San Antonio María Claret también apreció su excelsa virtud»
Nació en Almodóvar del Campo, Ciudad Real, España, el 6 de enero de 1499 o 1500. Sus padres eran propietarios de unas minas de plata en Sierra Morena, pero el pequeño Juan no estimaba en nada los recursos que poseía. Formado por ellos en la abnegación y el amor al prójimo, se desprendía de sus pertenencias fácilmente. Así, se deshizo de su sayo nuevo que ofreció a un niño pobre. Fue enviado a estudiar a Salamanca cuando tenía 14 años. Y a los 18 regresó al domicilio paterno después de haber cursado leyes, con el reducto espiritual que le dejó una experiencia de conversión. Vivió en oración y penitencia hasta que en 1520, alentado por un franciscano, partió a Alcalá de Henares para seguir estudios. Tomó contacto con el que luego sería arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, y con el venerable Fernando de Contreras. Seguramente conoció allí a san Ignacio de Loyola. Entretanto, perdió a sus padres. En honor a ellos, cuando en 1526 fue ordenado sacerdote eligió su ciudad natal para decir su primera misa poniendo el signo de invitar a doce pobres a comer a su mesa, entre los cuales repartió sus bienes; comenzó la evangelización en su propio pueblo.
Su siguiente etapa fue Sevilla, desde cuyo puerto pensaba embarcar rumbo a América junto al recién elegido obispo de Tlaxcala, Nueva España. Los planes de la Providencia eran otros. En el compás de espera compartió sus ansias de pobreza, oración y sacrificio con el padre Contreras. Ambos asistían a los pobres y les instruían en la fe. A través de este compañero, la brújula marcó al santo otro destino para su vida. Contreras le habló de él a monseñor Manrique, arzobispo de Sevilla, y éste pidió a Juan que predicara en su presencia. Estuvo toda la noche orando ante el crucifijo, lleno de gran timidez. Según confesó después, en esos momentos pensaba en la vergüenza que Cristo pasó desnudo en la cruz. El sermón causó tal impresión que le llenaron de alabanzas, y él respondió: «Eso mismo me decía el demonio al subir al púlpito». De allí partió a Écija, Sevilla y Cádiz, lugares en los que su predicación y labor como director espiritual siguieron siendo excepcionales.
Sus acciones le acarrearon persecuciones y enemistades. En 1531 fue procesado por la Inquisición siendo acusado de graves hechos que no cometió. Pasó un año en la cárcel sin aceptar defensa alguna porque –así lo reconocía–, estaba en las mejores manos: las de Dios. La celda fue lugar de celestiales consuelos. En el juicio respondió a los cargos que se le imputaban dando testimonio de su fe, sin reprobar a los cinco testigos de la acusación. De pronto aparecieron 55 que testificaron a favor suyo. En prisión escribió Audi, Filia. Este periodo le enseñó mucho más que los libros y experiencias anteriores. Fue liberado, pero la injusta sentencia señalaba «haber proferido en sus sermones y fuera de ellos algunas proposiciones que no parecieron bien sonantes». Y le impusieron, bajo pena de excomunión, que las declarase convenientemente donde las hubiera expuesto.
En 1535 partió a Córdoba llamado por el obispo Álvarez de Toledo. Entonces conoció a fray Luís de Granada. Creó los colegios de san Pelagio y de la Asunción, y un año más tarde se fue a Granada para ayudar al arzobispo en la fundación de la universidad. Allí le oyeron predicar san Juan de Dios y san Francisco de Borja; el influjo de sus palabras cambió radicalmente sus vidas. Tenía gran devoción por el Santísimo Sacramento y por la Virgen. Y sabiendo de su capacidad persuasiva, un día le pidieron que abogase a favor de un templo dedicado a María que se estaba construyendo. Se ofreció él mismo de inmediato: «Yo iré allí, y tomaré una piedra sobre mis hombros para ponerla en la casa que se edifica a honra de la Madre de Dios». Desde luego, como esperaban, movió la generosidad de la gente. Hasta los pobres respondieron a sus peticiones con sus mermadas pertenencias. La clave de su fuerza en los sermones se hallaba en el «amar mucho a Dios». Oración, sacrificio y estudio eran sus pilares. A su espíritu de pobreza unía paciencia, modestia, prudencia, abnegación, discreción; hacía de la frugalidad virtud ejemplar dando testimonio con su propia vida de lo que predicaba. Renunció a dignidades cardenalicias y episcopales.
Formó en Granada un grupo sacerdotal en 1537, que tuvo bajo su amparo, y en 1539 ayudó a la fundación de la universidad de Baeza, Jaén. Gran escritor y predicador, su amor por el sacerdocio le llevó a pedir la creación de seminarios para una verdadera reforma de la Iglesia y del clero. En 1551 enfermó y tuvo que permanecer en la localidad cordobesa de Montilla. Durante quince años siguió escribiendo y aconsejando a personas de toda clase, edad, condición y procedencia. Estuvo relacionado con san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús, quien le dio a examinar el «Libro de su vida», y causó gran influjo en san Antonio María Claret. En mayo de 1569 su salud, que ya venía lesionada de atrás, empeoró. En medio del dolor, exclamaba: «Señor mío, crezca el dolor, y crezca el amor, que yo me deleito en el padecer por Vos» o « ¡Señor, más mal, y más paciencia!». Esa era su disposición. Pero cuando le vencía le debilidad, manifestaba: « ¡Ah, Señor, que no puedo!». Incluso una noche en la que arreciaron los dolores pidió a Dios que los erradicara, y así sucedió. A la mañana siguiente reconoció: «¡Qué bofetada me ha dado Nuestro Señor esta noche!».
Pronto a partir de este mundo, no hallaba mayor consuelo que la recepción de la Eucaristía. « ¡Denme a mi Señor, denme a mi Señor!», suplicaba. En los postreros instantes, en medio de intensísimo dolor y fatiga que le hacía proferir: «Bueno está ya, Señor, bueno está», no cesaba de recitar esta jaculatoria: «Jesús, María; Jesús, María». Murió el 10 de mayo de 1569. León XIII lo beatificó el 4 de abril de 1894. Pío XII lo designó patrono del clero secular español el 2 de julio de 1946. Pablo VI lo canonizó el 31 de mayo de 1970. Y el 7 de octubre de 2012 Benedicto XVI lo declaró doctor de la Iglesia.

Fuente Isabel Orellana Vilches
avatar
CECILIA CODINA MASACHS
Moderador
Moderador

Mensajes : 8045
Fecha de inscripción : 17/08/2012
Edad : 66
Localización : Valencia-España

Volver arriba Ir abajo

Re: SAN JUAN DE ÁVILA

Mensaje por Amalia Lateano el Miér Mayo 14, 2014 11:10 am

Con el provecho de este maravilloso post: me atravo a colocar las
Enseñanzas del Papa Francisco. No.54

El 21 de abril dijo:  
“El sentimiento dominante que transluce de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de estupor;  alegría que viene desde adentro;
y en la Liturgia nosotros revivimos el estado de ánimo de los discípulos por la noticia que las mujeres habían dado: ¡Jesús ha resucitado!  
Nosotros lo hemos visto."


"Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio,  se imprima también en nuestros corazones y se vea en nuestra vida.
Dejemos que el estupor gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos,  
en las miradas,  en las actitudes, en los gestos  
y en las palabras…  
ojalá seamos así luminosos."


"¡Pero esto no es un maquillaje!  
Viene desde dentro,  
de un corazón inmerso en la fuente de esta alegría,  
como el de María Magdalena, que lloró por la pérdida de su Señor  
y no creía a sus ojos viéndolo resucitado."


“Quien hace esta experiencia se convierte en testigo de la Resurrección…  
"Entonces es capaz de llevar un “rayo” de la luz del Resucitado en las diversas situaciones: en las felices, haciéndolas más bellas y preservándolas del egoísmo; y en las dolorosas, llevando serenidad  
y esperanza."


 
Pensemos en la alegría  
de María,  
la Madre de Jesús.  
Así como su dolor fue tan íntimo,  
tanto que le traspasó su alma,  
del mismo modo su alegría fue íntima y profunda,
y de ella los discípulos podían tomar."


 
" Habiendo pasado,  
a través de la experiencia de la muerte y de la resurrección de su Hijo, viste, en la fe,  
como la expresión suprema del amor de Dios,  
y el corazón de María se ha convertido en una fuente de paz, de consuelo,  
de esperanza y de misericordia."


 
"Todas las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí,  
de su participación en la Pascua de Jesús.  
Desde la mañana del viernes hasta la mañana del domingo, Ella no perdió la esperanza:  
la hemos contemplado como Madre de los dolores, pero,  
al mismo tiempo,  
como Madre llena de esperanza. Ella,  
la Madre de todos  
los discípulos, la Madre de la Iglesia y Madre de esperanza."


"A Ella, testigo silencioso de la muerte  
y de la resurrección de Jesús,  
le pedimos que nos introduzca en la alegría pascual."...

El 23 de abril dijo:
…Celebramos la Resurrección de Jesús.  
Es una alegría verdadera, profunda,
basada en la certeza de que Cristo resucitado,  
ya no muere más,   sino que está vivo  
y activo en la Iglesia  y en el mundo.


Esta certeza habita en los corazones de los creyentes desde esa mañana de Pascua, cuando las mujeres fueron a la tumba de Jesús y los ángeles les dijeron: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? " (Lc 24,5).


Estas palabras son como una piedra millar en la historia; pero también una "piedra de tropiezo",  
si no nos abrimos a la Buena Noticia,  
¡si pensamos que un Jesús muerto molesta menos que un Jesús vivo!

En cambio, ¿cuántas veces en nuestro caminar diario, necesitamos escuchar que nos digan:  
¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?

Y cuántas veces nosotros buscamos la vida entre las cosas muertas, entre las cosas que no pueden dar vida, entre las cosas que hoy están  
y mañana no estarán más. Las cosas que pasan.
¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?

Necesitamos escucharlo cuando nos cerramos en cualquier forma de egoísmo o de autocomplacencia;  
cuando nos dejamos seducir por los poderes terrenales y por las cosas de este mundo, olvidando a Dios  
y al prójimo;
cuando ponemos nuestras esperanzas en las vanidades mundanas, en el dinero,  en el éxito.

Entonces la Palabra de Dios nos dice: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? ¿Por qué estás buscando allí? Aquello no te puede dar vida, sí, quizás te de una alegría de un minuto, de un día,
de una semana, de un mes, ¿y luego? ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Esta frase debe entrar en el corazón y debemos repetirla…

Si escuchamos, podemos abrirnos a Aquel que da la vida, Aquel que puede dar la verdadera esperanza.  
En este tiempo pascual, dejémonos nuevamente tocar por el estupor del encuentro con Cristo resucitado y vivo, por la belleza  
y la fecundidad de su presencia.

No es fácil estar abierto a Jesús.  
No se da por descontado aceptar la vida del Resucitado y su presencia entre nosotros.  
El Evangelio nos hace ver diversas reacciones:  
la del apóstol Tomás, la de María Magdalena  
y la de los dos discípulos de Emaús:  
nos hace bien compararnos con ellos.

Tomás pone una condición a la fe, pide tocar la evidencia, las llagas;  
María Magdalena llora,  
lo ve pero no lo reconoce, se da cuenta de que es Jesús sólo cuando Él la llama por su nombre;  
los discípulos de Emaús,  
deprimidos y con sentimientos de derrota,
llegan al encuentro con Jesús dejándose acompañar por ese misterioso viandante.

¡Cada uno por diferentes caminos! Buscaban entre los muertos al que está vivo, y fue el mismo Señor el que corrigió el rumbo.  
Y yo, ¿qué hago?  
¿Qué rumbo sigo para encontrar a Cristo vivo?
Él estará siempre cerca de nosotros para corregir el rumbo si nosotros nos hemos equivocado.

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?
(Lc 24,5)  
Esta pregunta nos hace superar la tentación de mirar hacia atrás, a lo que ha sido ayer y nos empuja adelante, hacia el futuro.
Jesús no está en el sepulcro, ha resucitado,  
Él es el Viviente,  Aquel que siempre renueva su cuerpo que es la Iglesia y lo hace caminar atrayéndolo hacia Él.

“Ayer” es la tumba de Jesús y la tumba de la Iglesia, el sepulcro de la verdad y de la justicia;  
“hoy” es la resurrección perenne hacia la cual nos empuja el Espíritu Santo,  
donándonos la plena libertad.


Hoy nos es dirigido también a nosotros este interrogativo. Tú, ¿por qué buscas entre los muertos a aquel que está vivo, tú que te cierras en ti mismo después de una derrota y tú que no tienes más fuerza para rezar? ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que te sientes solo, abandonado por los amigos y quizás también por Dios?


¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que has perdido la esperanza y tú que te sientes prisionero de tus pecados? ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo, tú que aspiras a la belleza, a la perfección espiritual, a la justicia, a la paz?


¡Tenemos necesidad de sentirnos repetir y de recordarnos mutuamente la advertencia del ángel! Esta advertencia ¿Por qué buscas entre los muertos al que está vivo?,  
nos ayuda a salir de nuestros espacios de tristeza y nos abre a los horizontes de la alegría y de la esperanza.


Aquella esperanza que remueve las piedras de los sepulcros y alienta a anunciar la Buena Nueva,  
capaz de generar vida nueva para los otros.  
Repitamos esta frase del ángel para tenerla en el corazón y en la memoria. Y después cada uno responda en silencio: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?


Pero miren,  
hermanos y hermanas,  
¡Él está vivo, está con nosotros!  
¡No vayamos por tantos sepulcros que hoy te prometen algo, belleza…  
y luego no te dan nada!  
¡Él está vivo!  
¡No busquemos entre los muertos al que está vivo! Gracias.


El 24 de abril dijo a los católicos no ser:  
“cristianos murciélagos”, que prefieren las sombras a la luz de la presencia de Cristo y por tanto tienen miedo a la alegría de la Resurrección del Señor
y de su cercanía."


 
“Esta es una enfermedad de los cristianos.  
Tenemos miedo de la alegría.  
Es mejor pensar: ‘Sí, sí, Dios existe, pero está allá;  
Jesús ha resucitado, está allá’.  
Un poco de distancia. Tenemos miedo de la cercanía de Jesús, porque esto nos da alegría.


Y así se explica la existencia de tantos cristianos de funeral, ¿no? Que su vida parece un funeral continuo”,  recordemos el pasaje evangélico en que los apóstoles se quedan  
“trastornados y llenos de temor”
ante el saludo de paz del Señor.


 
En vez de alegrarse, piensan “que veían un fantasma”,  
por lo que Jesús trata de hacerles entender que lo que ven es real, los invita a tocar su cuerpo, y pide que le den de comer. Los quiere conducir a la “alegría de la Resurrección, a la alegría de su presencia entre ellos”. Pero los discípulos “no podían creer, porque tenían miedo de la alegría”.


 
hay cristianos que “prefieren la tristeza y no la alegría.  
Se mueven mejor, no en la luz de la alegría, sino en las sombras, como esos animales que sólo logran salir de noche, pero no a la luz del día, porque no ven nada.  
Como los murciélagos. Y con un poco de sentido del humor podemos decir que hay cristianos murciélagos que prefieren las sombras a la luz de la presencia del Señor”.


“Jesús, con su Resurrección nos da la alegría:  
la alegría de ser cristianos;  
la alegría de seguirlo de cerca;  
la alegría de ir por el camino de las Bienaventuranzas,  
la alegría de estar con Él”,  
“la vida cristiana debe ser esto: un diálogo con Jesús, porque  iJesús siempre está con nosotros,  
siempre está con nuestros problemas,  
con nuestras dificultades,  
con nuestras obras buenas”.


Por ello, llamó a no ser cristianos que  
“han sido vencidos” en la cruz.
“En mi tierra hay un dicho que dice así:  
‘Cuando uno se quema con la leche hirviendo, después, cuando ve una vaca, llora’. Y éstos se habían quemado con el drama de la cruz y dijeron: ‘No, detengámonos aquí;  
Él está en el Cielo; muy bien, ha resucitado, pero que no venga otra vez aquí, porque ya no podemos más’”,

“Pidamos al Señor que haga con todos nosotros lo que ha hecho con los discípulos, que tenían miedo de la alegría: que abra nuestra mente:  
‘Entonces, les abrió la mente para comprender las Escrituras’;


que abra nuestra mente y que nos haga comprender que Él es una realidad viva, que Él tiene cuerpo, que Él está con nosotros, que nos acompaña y que Él ha vencido.  
Pidamos al Señor la gracia de no tener miedo de la alegría”.


El 27 de abril  el Papa Francisco declaró santos a San Juan Pablo II y San Juan XXIII.
“En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que San Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia,  
están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.


 
Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección.  
Pero Tomás aquella tarde no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que,  
mientras no viera  
y tocara aquellas llagas,
no lo creería.


Ocho días después,  Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo,  en medio de los discípulos,  
y Tomás también estaba;  se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas.   Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas,  se arrodilló delante de Jesús y dijo:  
«Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).


Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe,  
pero son también la comprobación de la fe.  
Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros,  
y son indispensables para creer en Dios.


No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos:
«Sus heridas nos han curado»  
(1 P 2,24; cf. Is 53,5).


San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz;  
no se avergonzaron de la carne del hermano (cf. Is 58,7),


porque en cada persona que sufría veían a Jesús.  
Fueron dos hombres valerosos, llenos de la paresía del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.


 
Fueron sacerdotes,  obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias,  pero no se abrumaron.  
En ellos, Dios fue más fuerte;  
fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre  
y Señor de la historia;  
en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María.


En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había  
«una esperanza viva»,  
junto a un  
«gozo inefable y radiante»
(1 P 1,3.Cool. La esperanza  
y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar.


La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento,  
de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz.  
Ésta es la esperanza  
y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado,  
y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno.


 
Esta esperanza y esta alegría se respiraban en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, como se nos narra en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2,42-47).  
Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia,  
con simplicidad y fraternidad.


 
Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisonomía originaria,   la fisonomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos.


 
No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, San Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; fue el Papa de la docilidad al Espíritu.


En este servicio al Pueblo de Dios, San Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia.  
Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias,  
un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.


 
Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama”.


El 25 abril dijo:  “La santidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano, que con frecuencia se desintegra bajo la tremenda presión del mundo secular,  
debe ser profundizada por una clara doctrina y apoyada por el testimonio de parejas casadas comprometidas”,


“el matrimonio cristiano es una alianza de amor para toda la vida entre un hombre y una mujer que implica sacrificios reales para alejarse de las nociones ilusorias de la libertad sexual y fomentar la fidelidad conyugal”.


En twitter dijo:
Cada encuentro con Jesús nos colma de alegría, aquella alegría profunda que sólo Dios nos puede dar.



Un estilo de vida sobrio nos hace bien y nos ayuda a compartir lo que tenemos con quien pasa necesidad.



Nunca nos dejemos arrastrar por la vorágine del pesimismo. La fe mueve montañas.

Nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres  
y por la justicia social (EG 201)

Un gran abrazo.
avatar
Amalia Lateano
Administrador General
Administrador General

Mensajes : 15897
Fecha de inscripción : 01/08/2012
Edad : 59
Localización : Rojas

http://www.amalialateano.com.ar

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.