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Poética ambientalista de Jorge Salavert Pinedo.

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Poética ambientalista de Jorge Salavert Pinedo.

Mensaje por FORTUNATO el Vie Nov 09, 2012 2:09 pm


El cambio climático y sus
consecuencias sobre el medio ambiente se han convertido en el problema económico número uno para todos los gobiernos del mundo [1].
En los doscientos y pocos años de la historia de Australia como
institución geopolítica moderna - desde la llegada del capitán Arthur
Phillip y las primeras naves que transportaban a los primeros presos
ingleses hasta la colonia penal en Sydney en 1788 - la degradación del
medio ambiente de esta parte del mundo ha alcanzado cotas de extrema
gravedad.

¿Es
tan extenso y severo el daño causado? Diríase que sí, a juzgar por las
voces que llevan levantándose airadas contra este desastre desde hace
más de una generación. Y como muestra, un botón: Laurie Duggan (1949,
Melbourne), en un escueto poema - de tan sólo cuatro versos - de verso
libre que lleva por título ‘Australia’, expresa con evidente sarcasmo
(y a un tiempo muy comprensible pesar) el deleite que le produce
el modo en que su tierra haya quedado tan arruinada en la mitad del
tiempo que normalmente lleva destruir un entorno natural:

I like the way we’ve
been able to fuck things here
as good as anywhere else
in only half the time.

Me encanta el modo en que hemos
sabido joderlo todo esto,
tanto como en otros sitios,
pero en la mitad de tiempo.

Afortunadamente,
son muchos los ciudadanos australianos que escogen no ignorar esta
lamentable situación; de hecho, abundan las denuncias de la pasividad y
la permisividad gubernamentales - tanto del federal como de los
estatales, de uno u otro signo del limitado y un tanto tedioso espectro
político australiano - y las advertencias de las terribles consecuencias
que han tenido y continúan acarreando los perniciosos usos de la tierra
y el agua por un lado, y la persistente deforestación y la
proliferación de especies no autóctonas por otro, hasta el punto de
prácticamente haber confinado a algunas especies autóctonas a reservas
para evitar su extinción.

Podemos constatar que estas denuncias han venido formando parte
del mensaje de muchos poetas australianos, incluso bastante antes del establecimiento de los movimientos activistas [2].

Carlson
y Sadler (1982: 161) han señalado la importancia y el profundo valor
universal que debe tener para el ser humano la sensación de sentirse
integrado en la naturaleza. Representa “the quintessential form of
aesthetic quality which is gained from the interaction of man and
environment” [la forma más pura de cualidad estética que se obtiene de
la interacción entre el ser humano y el medio]. Expresar con palabras
esa cualidad, a un tiempo indescriptible e inasible, es el desafío que
muchos poetas han acometido. En su notable estudio sobre poética y
poesía, Forrest-Thomson (1978: 1) escribe que es precisamente la poesía
el área del lenguaje
en el que el silencio resulta imposible, y añade que aunque la poesía
tienda hacia el silencio, “the study of poetry is the most garrulous
study that exists” [el estudio de la poesía es el más hablador que
existe]. Tanto más significativa será, por consiguiente, la poesía que
describa la destrucción de ese medio natural y la ruptura del nexo entre
el ser humano y su entorno.

Las
reacciones de diferentes poetas ante la progresiva destrucción del
hábitat natural australiano se han plasmado en formas extremadamente
variadas. Me propongo realizar un breve recorrido por esa poesía
analizando algunos poemas de los autores más significativos.


Judith Wright
La
autora pionera en la toma de conciencia del problema fue Judith Wright
(1915-2000), quien en sus obras, tanto en verso como en prosa, centradas
fundamentalmente en el paisaje de su región natal de New England (en el
estado de Nueva Gales del Sur), incorporó el tema de la degradación del
medio ambiente.

Wright,
por cierto, también integró en su poesía la cuestión del despojamiento
de los pueblos aborígenes de sus tierras, y de su modo de vida y
sustento. En gran
medida, ambos aspectos - la destrucción del entorno y el despojamiento
de las tierras de sus legítimos ocupantes tradicionales - están
íntimamente relacionados, puesto que los usos y abusos que los
colonizadores infligieron en las tierras ocupadas son inversamente
proporcionales a la relación que los pueblos indígenas tenían con la
tierra, que respetaban el equilibrio natural desde una concepción
espiritual de pertenencia a la tierra, y no a la inversa. Descendiente
de colonizadores, Wright reconoció y denunció en sus obras la ilegalidad
e injusticia sobre las cuales ha prosperado el estado federal de
Australia (Ryan, 1999).

En el poema ‘Gum-trees stripping’, publicado por primera vez en Two Fires (1955),
Wright nos invita a una reflexión sobre la función
poética del lenguaje frente a la naturaleza, que en el poema está
encarnada por los hermosos eucaliptos. Algunas especies de eucaliptos se
desprenden de la corteza que los recubre hasta formar una sublime
imagen que nos recuerda a una fuente. En ese marco, la pequeña captura -
o posesión - que el ser humano pueda realizar con la palabra termina
resultando inútil. Es en dicho poema en el que declara Judith Wright que
de nada le valen a un árbol las palabras (“words are not meanings for a
tree”), y de hecho, su inquebrantable compromiso con la naturaleza y su
enorme dedicación como activista la llevaron a abandonar prácticamente
la producción de poesía a partir de 1985. Con esas palabras Judith
Wright reconocía, no sin cierto dolor o pesadumbre, la dificultad - si
no la imposibilidad - de usar el lenguaje para expresar con plenitud las
diferentes hermosuras que nos ofrece la naturaleza. Como apunta
Thomason (en Philip Mead, ed. 2001: 215)
respecto a otro poema de Wright, “At Cedar’s Creek”, la autora lamenta
la pérdida de una “formula for poetry, the creative word”, y lo hace de manera reiterada en varios de sus poemas.

Harrison
(2006) se ha formulado una pregunta que en estos tiempos debiera
encontrar una urgente respuesta. ¿Tiene la poesía un papel que jugar en
el conjunto de acciones necesarias para conservar el medio ambiente? ¿Es
posible combinar el activismo medioambiental con el quehacer del poeta?
¿Existe la poesía ecologista, que no debiéramos en ningún momento
confundir con la poesía paisajística? Harrison plantea que una posición
ecologista de la poesía debe ser mucho más que una mera postura de
representación y con cierto grado de expresión afectiva: se trata, en
última
instancia, del tipo de relación que adoptamos con el lenguaje.

Ciertamente,
no parece existir impedimento alguno para la poesía ecologista; no
parece que la poesía y el activismo sean incompatibles. Si en verdad es
posible, ¿hasta qué punto influye una posición, llamémosla ética, en la
estética del artista? Según la opinión de algunos críticos, como es el
caso de Hay (2003), la llamada escritura de la naturaleza se presta al
exceso lírico pero es de poca enjundia: “Too many adjectives, too many
epiphanies, too many flights of fancy, too much self-indulgence, too
little substance, too little discipline, too little craft [Sobran
adjetivos, revelaciones, dispersiones de la imaginación, y falta
sustancia, disciplina y destreza].” Concluye Hay que éstas son
tentaciones
contra las que nunca se debe bajar la guardia, y en definitiva, son
trampas en las que puede caer el más grande de los poetas.

Otros
críticos apuntan, en cambio a la poesía como medio de expresión ideal
para la denuncia. Bennett (2006) señala que los artistas juegan un papel
“vital in opening the eyes of others to our particulars” [vital a la
hora de abrirles los ojos a los demás a nuestros detalles], en tanto que
lo local está siempre conectado a lo universal. Bennett arguye además
que los poetas, dentro de un proceso vital de aprendizaje interminable,
tienen una doble responsabilidad con su propia familia, la comunidad en
general y el medio ambiente. Walker (1991: 86) ha señalado que, para
Judith Wright, el lenguaje tiene un poder creativo y de ordenamiento, y
es una
fuerza que tercia entre la humanidad y el medio ambiente que la rodea.

En
el caso de Judith Wright, hay quien opina que su actividad como artista
salió reforzada de su tarea como activista. Mulligan (2004) aventura
que la expresión de índole creativa puede ayudarnos a decir cosas que
quizá no pueden expresarse de otro modo. Y añade: “No doubt we can say
things better if we know how better to use our imagination and our
creativity” [No cabe duda de que podemos decir mejor las cosas si
sabemos cómo emplear nuestra imaginación y nuestra creatividad de mejor
manera]. Por otro lado, Arnott (2004) afirma que Wright nunca vio
distinción entre el mundo ético y el estético. Brady (2001) concuerda
con la posición anterior y apunta los problemas de índole ética y
artística que
supuso para Wright asumir la misión de ‘decir’ el mundo y la
destrucción de éste.

Aunque
se pueda afirmar que aunó ambos en su vida creativa y pública, lo
cierto es que otros estudiosos como Bonyhady (2005), que ha investigado
la relación entre su arte y su activismo, concluyen que la Wright
activista prácticamente no tuvo tiempo para la poesía. Por su parte,
Zeller (1998) atribuye el cambio de la visión poética de Wright a su
creciente compromiso con la causa de la defensa del medio ambiente, y
que le llevó a considerar que es el propio lenguaje el que imposibilita
el verdadero conocimiento, como reconoce Wright en ‘Gum-trees
stripping’. Señala Zeller además que el cambio de tono la llevó hacia
una cierta irritación y amargura contra el egocentrismo
humano.

En
cualquier caso, lo importante para cualquier lector de su poesía es
tener la posibilidad de descubrir a través de sus palabras una afinidad
de impresiones respecto al daño causado al entorno natural. Arnott
(2004) escribe que para Wright, la devastación medioambiental se
convirtió en “a personally devastating reality” [una realidad que
resultaba devastadora en un ámbito personal]. Explica que esta sensación
de identificación personal se nos revela muy claramente en poemas
específicos, como “For New England”, en el que la autora equipara su
propio cuerpo con el paisaje de su región natal, hasta el punto de que
los árboles nativos y los exóticos (los de hoja caduca transplantados,
como la propia familia de la autora, desde la vieja Europa) terminan
aunándose
en ella: “...I find in me the double tree”. Como han apuntado Lucas y
McCredden (1996: 23), “Wright feels herself and her art to be the
bifurcated product of at least twolandscapes, two inheritances,
both geographical and conceptual” [Wright siente que tanto ella misma
como su arte son el resultado bifurcado de al menos dospaisajes, dos herencias
tanto geográficas como conceptuales]. Esta es su dolorosa toma de
conciencia de estar dividida, de pertenecer a dos culturas
irreconciliables, a dos mundos antagónicos que finalmente habrían de
avenirse a la fuerza, y queda reflejada en la dualidad del entorno
físico que describe el poema.

Esa
escisión en dos paisajes, la división en dos patrimonios que son en
última
instancia irreconciliables, se refleja de manera especialmente
dramática en otro poema que lleva por título ‘Australia 1970’. Arnott
(2004) piensa que el poema está impregnado de resentimiento, un poema
que niega la absolución y el perdón. Para Arnott, ‘Australia 1970’ es
una elegía en la que Wright da a conocer su indignación y enfado por la
devastación medioambiental que ya por aquellas fechas estaba sufriendo
su tierra. Walker (1991: 174) señala que el poema delata una falta de
autocontrol poético: en él, los sentimientos sin duda vehementes de la
autora “are insufficently modulated into poetic statement” [apenas
quedan expresados en una declaración poética] [3].

Australia (1970)
Mueres, oh tierra salvaje, como el águila,
peligrosa hasta el último suspiro,
que atacando, clava sus garras. Mueres
maldiciendo a tu captor con mirada enfurecida.

Mueres como la víbora
que silba un odio tan puro de su dolor
que llena los sueños del asesino
de miedo como la mancha invasora del suicida.

Sufres, tierra salvaje, como la acacia excelsa
que agrieta la cortante pala excavadora.
Veo tu suelo lleno de vida decaer con los árboles
hasta una desnudez de pobreza.

Mueres como la hormiga soldado
indiferente mas fiel a tu millón de años.
Aunque te corrompamos con ideas torturantes,
sé obstinada: tú sigue siendo ciega.

Somos vencedores, y envenenadores,
más que el escorpión y la serpiente,
mas del veneno que fabricamos, morimos,
mientras tú, tierra, mueres a nuestras manos.

Alabo pues a la sequía que tantas muescas deja, a tu polvareda,
al arroyo moribundo, al animal furioso,
porque todavía nos desafían.
Nos
arruina la cosa misma que matamos.

La
poesía de Judith Wright, así pues, enfoca el tema medioambientalista
con el apasionamiento de una mujer que nació y creció en una zona del
continente que ha venido degradándose a lo largo de los años. Sus
poemas, por otra parte, no se centraron únicamente en los problemas de
New England. Wright viajó y denunció los desmanes que estaba sufriendo
el entorno natural australiano en muchas y variadas zonas del país. Ella
es la primera de una larga serie de autores que han venido denunciando
los daños que el medio ambiente australiano ha venido sufriendo. En
palabras de Carlson y Sadler (1982: 160-1), la experiencia más completa
de lo que estos autores han denominado “aesthetic quality” representa
una fase sublime de la apreciación del
medio ambiente, y se trata de un acto completo y unificado, cuyo
resultado es la creación de una imagen “rich with expressive and
symbolic meaning” [rica en significado expresivo y simbólico]. Son
además experiencias que se articulan en la poesía, “rather than revealed
through everyday response” [en vez de revelarse a través de una
respuesta cotidiana].


Robert Gray
Nacido
en 1945 en Port Macquarie (Nueva Gales del Sur), Gray es un poeta que
trabaja - diríase que en ocasiones hasta la extenuación - con
imágenes, y con nitidez y primor inusitados consigue transmitir la
lucidez de su pensamiento. Con sus poemas su intención es
primordialmente compartir sus experiencias del mundo con el lector, sin
afán de oscuridad ni superioridad intelectual, lo que en otros poetas
resulta ser aparatosamente pedante. Es por este motivo que su recurso
poético preferido es la comparación, en tanto que la comparación atrae
un objeto hacia otro con la intención de definirlo, sin oscurecerlo ni
emborronarlo como puede suceder con la metáfora. Su pieza más llamativa
con temática medioambiental es ‘Flames and Dangling Wire’.

Llamas y alambre colgante
Una carretera que cruza el marjal.
Torcemos a un lado, el humo surge de diferentes hogueras,
como unos dedos extendidos y arrastrados que todo lo embadurnan.
Es el vertedero, siempre en llamas.

Detrás, la ciudad,
hincada como estacas en la tierra.
Un ánade se alza por encima de este cenagal,
una tortuga avanza por la orilla de estas Galápagos.

Nos metemos por un camino de grava,
que nos acerca al vertedero. Reverbera el aire,
como en un espejo barato.
Cubre el sol caliente una neblina.

Lejanos, los edificios quedan ahora como estampados en el humo.
Hemos llegado a un paisaje de latas de hojalata,
de coches como cráneos,
que da vueltas con las formas de unas dunas de arena.

Entre estas de calor vastas láminas grises plásticas
unas sombrías figuras
parecen ocupadas en identificar a los muertos -
son los ordenanzas, visten mono y anteojos,

que arrojan al fuego humedecido la basura.
Un humo amargo
se arrastra por todas partes,
fino, como un cordel. Hay otros que se mueven - los
carroñeros.

Tal como en el infierno los demonios
podrían hurgar en nuestras almas, buscando jirones
de un apetito
con el que estimularse,

así estas formas
parecen deambular abatidas, con una eternidad
donde pudieran tal vez encontrar
una sensación peculiar.

También nosotros nos bajamos y nos movemos.
El hedor es enorme,
con su estallido nos reseca la boca:
toneladas de periódicos pudriéndose, colosales ovillos de tela
rumiados...

Y de pie, desde donde veo el espejismo de la ciudad,
advierto que estoy en el futuro.
Esto es lo que habrá cuando el hombre haya partido.
Estará compuesto de cosas que funcionaban.

Un operario levanta porquería irreconocible
con un rastrillo, la lanza a las llamas:
algo se agita en el aire
como un trapo alzado en ‘La Balsa de la Medusa’.

Nos acercamos a él a través del humo,
y por un instante parece aquel espectro de la
larga pértiga.
Es un hombre, que se seca los ojos.
Cualquiera que trabaje aquí tiene que llorar,

y hablamos. Tiene los ojos tan humedecidos
como una almeja, y enrojecidos.
Sabiendo tanto como sabe sobre nosotros,
¿cómo puede evitar odiar a los humanos?

Sigo adelante, y advierto una vieja radio, que derrama
sus alambres colgantes -
y veo que, en algún lugar, las voces que transmite
continúan viajando,

derrapando, cribadas, alrededor
del arco del universo;
y con ellas, las risas relincho, y el Chopin
que fue sonido de telón, que se alzó
una vez, hasta una luminosa costa.

El
poema se desarrolla en dos niveles, los cuales, si bien podrían parecer
antagónicos, son en realidad complementarios, uno propiamente realista y
otro profundamente simbólico. Es una dualidad que refleja y reafirma la
interdependencia que a fin de cuentas tienen siempre todas las cosas en
el espacio y el tiempo.

Gray
describe la existencia de las personas y animales que han hecho del
vertedero su medio de vida, al tiempo que nos presenta la idea del mundo
moderno,
post-industrial, repleto de basura y desperdicios. El poeta nos sitúa
en este horrendo lugar con pocas palabras:

Una carretera que cruza el marjal.
Torcemos a un lado, el humo surge de diferentes hogueras,
como unos dedos extendidos y arrastrados que todo lo embadurnan.
Es el vertedero, siempre en llamas.

Detrás, la ciudad,
hincada como estacas en la tierra.

Como
ha señalado el también poeta Geoff Page (2006), ‘Flames and dangling
wire’
podría parecerle al lector un poema profundamente deprimente, puesto
que con bastante crudeza nos presenta lo que en un futuro - no muy
distante - podría dejar tras de sí la especie humana. En palabras de
Page, el vertedero constituye “a kind of archaeology waiting to happen.”
Es un lugar aterrador porque lo habitan seres de aspecto infernal:

Tal como en el infierno los demonios
podrían hurgar en nuestras almas, buscando jirones
de un apetito
con el que estimularse,

así estas formas
parecen deambular abatidas, con una eternidad
donde pudieran tal vez encontrar
una sensación peculiar.

Pero
la escena denota mucho más que un basurero. Es también un lugar en el
que el futuro de la humanidad puede llegar a confluir con el presente.
Constituye una virulenta crítica a la sociedad de consumo, que se está
consumiendo a sí misma. Aunque el poema sitúa el vertedero en una de las
grandes metrópolis australianas, no cabe duda alguna de que la denuncia
de Gray tiene carácter universal. Gray no intenta en ningún momento
escatimarnos lo repulsivo del vertedero, un lugar infernal donde figuras
sin apenas características humanas transitan en medio de un humo
cegador y emisiones intolerables:

El hedor es enorme,
con su
estallido nos reseca la boca:
toneladas de periódicos pudriéndose, colosales ovillos de tela rumiados...

Y de pie, desde donde veo el espejismo de la ciudad,
advierto que estoy en el futuro.
Esto es lo que habrá cuando el hombre haya partido.
Estará compuesto de cosas que funcionaban.

Un operario levanta porquería irreconocible
con un rastrillo, la lanza a las llamas:
algo se agita en el aire
como un trapo alzado en ‘La Balsa de la Medusa’.

Gray
identifica al operario del vertedero con la temida figura mítica de
Caronte. Es uno de los muchos demonios que van rebuscando entre las
almas de los muertos, en pos de algo que ulteriormente pueda azuzarles
el apetito:

Nos acercamos a él a través del humo,
y por un instante parece aquel espectro de la larga pértiga.
Es un hombre, que se seca los ojos.

Es
el humo del vertedero el que le arranca lágrimas al operario. Sin duda
alguna, el odio sería una reacción natural a los que causan este colosal
deterioro, nos dice Gray. El poema impacta por las imágenes que nos
transmiten una
sensación de violencia, y por el sentido de avaricia con que el ser
humano impone su modo de vida sobre la naturaleza. Así pues, el
vertedero viene a simbolizar las secuelas de una enorme catástrofe, en
un lugar donde los que acuden al rescate buscan víctimas y otros se
limitan a identificar restos. Los que buscan y rebuscan entre la basura
forman parte de una gran metáfora de la muerte, con ecos puntuales del
infierno de Dante. Las referencias a lo dantesco no son casuales ni
gratuitas: el vertedero simboliza el horrendo fin que aguarda a la
humanidad, rodeada y enterrada por sus propios desperdicios.

Page
(2006) apunta que en con su impacto muy intencionado, el poema dista
mucho de ser caótico, pues su desarrollo narrativo tiene asimismo un
fino sentido de lo inevitable, y las
imágenes finales, desarrolladas a lo largo de dos estrofas

Sigo adelante, y advierto una vieja radio, que derrama
sus alambres colgantes -
y veo que, en algún lugar, las voces que transmite
continúan viajando,

derrapando, cribadas, alrededor del arco del universo;
y con ellas, las risas relincho, y el Chopin
que fue sonido de telón, que se alzó
una vez, hasta una luminosa costa.

nos
dejan la sensación de haber completado un viaje. En
última instancia, la cuestión primordial sería saber a ciencia cierta
adónde nos ha llevado (o nos ha de llevar) ese incierto periplo.


Bruce Dawe
No
cabe duda de que la devastación del medio ambiente australiano se
inició con la colonización británica. Bruce Dawe, poeta nacido en
Melbourne (Victoria) en 1930, ha reconstruido la historia de la
colonización y las consecuencias que ésta ha tenido sobre el medio
ambiente en su poema ‘When first the land was ours’. Dawe hace
referencia a la ignorancia e ingenuidad de
los colonizadores que pensaron que podían cambiar el paisaje tan
peculiar de estas tierras:


things would never change
- there’d always be the same green hills
clear rivers and rich range,
and east of us the sparkling beach,
the mangroves, forests tall…

En
la segunda estrofa del poema, Dawe repasa las desastrosas acciones que
durante dos siglos realizaron los colonos: despejar la tierra de toda
vegetación para labrarla, la tala indiscriminada de árboles, la quema
arbitraria de arbustos en diferentes partes del continente:

We ring-barked, burned and bulldozed
the trees and scrub away,
the mulga and the brigalow,
and bared the subsoil clay.

La penosa conclusión que infiere Dawe es que al robarle a la tierra de aquello la sustenta se hace imposible vivir en ella:
... in a land we robbed of life
we could not hope to live.

En última instancia, la causa de los atropellos
infligidos al medio natural es la ignorancia, producto de una actitud invasora de posesión de la tierra en vez de pertenencia:

we were the earth’s deaf sons
who could not hear how through our veins
the family life-blood runs …


Mark O’Connor
Radicado
actualmente en la capital federal australiana, Canberra, Mark O’Connor
(Melbourne, 1945) tiene
entre sus temas fundamentales la apreciación y la defensa de las selvas
tropicales del norte del estado de Queensland. En opinión de Wakeling
(1991), O’Connor tiene la creencia de que debemos verbalizar nuestros
sentimientos por la naturaleza, para hacer frente a los “developers with
their dollars and cents arguments for destroying rainforests”
[constructores, con sus razonamientos en dólares y centavos para
destruir los bosques].

O’Connor, cuya poesía es rica en la imaginería del bush australiano
y tiene una excelente percepción de detalles paisajísticos y apuntes
llenos de ironía, cuenta asimismo entre sus poemas una breve pieza en la
que desarrolla una crítica similar a la de Bruce Dawe. Se trata de una
crítica a las raíces históricas en las que se
fundamenta el status quo de la sociedad australiana, y en tanto que el
sistema anglosajón de explotación de la naturaleza se ha sustentado en
la falacia de que Australia era terra nullius, añade algo a la perspectiva que defiende una revisión histórica de errores cometidos:

Whiteman could not follow the eel-stream
could not outrun the rosella
but he cut down the tree
but he dammed the stream
but he caught in his wide net of paddocks
the swift fish of nothing.

El hombre blanco no supo seguir la corriente de la anguila
no podía correr más que la cotorra
pero cortó el árbol
estancó
los arroyos
y atrapó en su ancha red de campos
al veloz pez de la nada.


Philip Hodgins
Otro
autor natural de Victoria, Philip Hodgins (1959 - 1995), centró algunos
de sus poemas en cuestiones puntuales de la degradación del medio rural
en el que vivió la mayor parte de su vida. De ellos, el poema titulado
‘Erosion and salinity’ es una de las descripciones más elocuentes de un
mal que desde hace tiempo azota amplísimas zonas del continente
australiano - las predicciones para 2050 señalan que el fenómeno de la
salinidad de la tierra, que las hace infértiles para el cultivo además
de que destruye la vegetación, afectará probablemente al 50% del país [4].

Sal y erosión
Lo que en su día fue un prado
es ahora un mapa.
La gran hendidura de la erosión
lo atraviesa por el centro,
retorcida, como si la página
estuviera truncada;

errática, lo recorre de una a otra punta
como si su línea dentada
fuese el gráfico de las
finanzas,
que representara el alza productiva
de la sal subterránea,
y el declive en picado del granjero.

Sus penurias nacen todas
de esa indolente facilidad
con la que la excavadora
arrancó el mantillo
y despejó el prado
de los árboles que atraían el agua.

Y si bien fue sólo el principio,
en verdad de nadie es la culpa.
Nada había que nos pudiera
anunciar este cambio.
Lo que un día fue escarcha,
es ahora una costra de sal.

Hodgins,
en su condición de ganadero además de poeta, constataba con
desesperación cómo las erróneas prácticas agrícolas impuestas por los
europeos en el continente australiano no han hecho otra cosa que
destruir las escasas tierras fértiles que existen en Australia. Con
frecuencia se tiende a olvidar que ganaderos y labradores son quienes
mayor y más frecuente contacto directo tienen con la tierra.


Les Murray
Resulta
interesante, por el contraste que produce, el enfoque que, en un
extremadamente sucinto poema titulado ‘Salination’, Les Murray adopta
sobre el fenómeno de la salinidad de las tierras. Murray nos implora
compasión y dirige nuestra atención hacia las víctimas económicas de
esta pesadilla medioambiental:

Salination
Have a heart: salted land
is caused by human tears.

Tened compasión, que la sal de la tierra
la generan las lágrimas del hombre.


Samuel Wagan Watson
El
mismo tema de la salinidad de las tierras forma parte de la obra de un
poeta más actual, Samuel Wagan Watson (Brisbane, 1972). En su poema ‘nil
by mouth’, Watson identifica la tierra como un paciente moribundo y
consumido, al que la sal va destruyendo poco a poco, grano a grano:

‘nil by mouth’
the salt creeps in
grain after grain

destructive in its microbe-brevity
you see patches of evidence,
grey and relapsing
skeletal stance of scrub
liver spots on a once flourishing skin of
natural algorithms

and the mouths out here will murmur, die-off!
the saline schematics of slow death
that are very hard to swallow

Es
también un corto poema, sencillo en su desarrollo y cargado de
exquisita fuerza lírica, que radica precisamente en la sencillez de las
imágenes que presenta y en la vívida descripción del proceso de
salinización del suelo, al que la sal, grano a grano, va destruyendo,
abarcando cada vez mayores extensiones. Aparecen en él, con una
poderosamente expresiva imagen, unas manchas salinas (“liver spots”) que
ahora afean lo que antes una tersa piel de pura naturaleza. Es una
lenta muerte, difícil de aceptar para los que se sienten identificados
con
la tierra.

De
todos los poemas analizados en las páginas anteriores se colige que,
aunque el lenguaje sea una mera herramienta - evidentemente no siempre
completa y mucho menos consumada - de apropiación para el ser humano, y
que como tal es parte esencial de la(s) cultura(s) del ser humano, la
poesía, en tanto que máxima expresión estética del lenguaje, puede
llevar a cabo una doble tarea: en unos casos, un admirable intento de
apropiación de la naturaleza; en otros, una denuncia enérgica de la
destrucción de esa naturaleza. Como ha apuntado Wakeling (1991), los
poetas pueden convertirse en catalizadores de un cambio de actitud, de
un radical y necesario cambio de perspectiva en unos tiempos de progreso
equívoco y precario.

Podemos
por tanto concluir que existe una poesía ecologista, sumamente activa y
eficaz en difundir el mensaje. Podemos también decir cualquiera que sea
la lengua en la que escriban, los poetas del planeta pueden hacer una
contribución, una apelación, una convocatoria a rectificar el rumbo, a
cambiar el mundo, a preservar el medio ambiente para las generaciones
futuras, a través de su mejor arma y herramienta, el lenguaje mismo.


Notas
[1]
El cambio de opinión, ciertamente, ha sido radical. Entre esos
gobiernos, el renuente gobierno federal australiano, ha dado un giro de
ciento ochenta grados en su política medioambiental, nada más empezar a
verle las orejas al lobo del posible cataclismo que puede acarrear el
cambio climático. No cabe duda alguna de que, pese a los reiterados
desmentidos del gobierno conservador de John Howard, la mayoría de los
ecosistemas naturales que conforman el delicado medio ambiente
australiano se hallan en estado agonizante.

[2]
Lo que comenzó como pequeños grupos de vecinos preocupados por
situaciones de ámbito meramente local se convirtió
gradualmente en movimientos masivos de carácter medioambientalista,
como el que dio lugar a la aparición en Tasmania de un incipiente
partido político ya en 1972 (United Tasmania Group) para luego abrir el
camino a la fundación del partido político federal Los Verdes (The
Greens) en 1992.

[3]
Aunque el año que aparece en el título haga referencia a una Australia
de hace más de tres décadas, sigue siendo - tristemente - un poema de
rotunda actualidad.

[4] Según los datos que muestra la web de la ACF (Australian Conservation Foundation)
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Referencia bibliográfica de los poemas citados o traducidos:
Judith Wright. 1994. Collected Poems: 1942-1985. Pymble, Angus & Robertson.
Robert Gray. “Flames and Dangling Wire” en Quadrant. Vol. 21, nº1, enero 1977.
Bruce Dawe. 1990. This Side of Silence: Poems 1987-1990. Melbourne, Longman Cheshire.
Mark O’Connor. 2000. The Olive Tree: Collected Poems 1972-2000; ed. John Leonard. Alexandria, Hale & Iremonger.
Philip Hodgins. “Erosion and salinity” en Island, nº48, primavera 1991.
Les Murray. “Salination” en Quadrant, vol.
47, nº12, diciembre de 2003.

Samuel Wagan Watson. 2002. Itinerant Blues. St Lucia, University of Queensland Press.

Referencias
Georgie Arnott, “Attacks that sting: The angry poetry of Judith Wright and Gig Ryan”, en Overland, nº177, verano de 2004.
John Bennett, “Poets and the environment: Green responsibilities” en Five Bells, vol. 13, nº2, otoño de 2006.
Tim Bonyhady, “Torn between art and activism” en Eureka Street, vol. 15, nº4, mayo de 2005.
Veronica Brady, “Judith Wright: The Politics of Poetics” en Southerly, vol. 61, nº1, 2001.
Allen Carlson and Barry Sadler, “Towards models of environmental appreciation” en Sadler y Carlson (eds.) 1982. Environmental
Aesthetics: Essays in Interpretation
. Victoria (British Columbia), University of Victoria.

Veronica Forrest-Thomson. 1978. Poetic Artifice: A Theory of Twentieth-Century Poetry. Manchester, Manchester University Press.
Martin Harrison, “The degradation of land and the position of poetry”, en Colloquy: text, theory, critique; nº12, 2006.
Pete Hay, “Nature writing, writing nature” en Five Bells, vol. 10, nº2, otoño de 2003.
Rose Lucas y Lyn McCredden. 1996. Bridgings: readings in Australian Women’s Poetry. Melbourne, Oxford University Press.
Martin Mulligan, “Rediscovering compassion: The legacy of Judith Wright” en Overland, nº177, verano de 2004.
Geoff Page, “ReVerse”, en The Canberra Times, 26 de marzo de 2006.
Gig Ryan, “Uncertain posession: The politics
and poetry of Judith Wright” en Overland, nº154, otoño de 1999.

Louise
Thomason, “Women, Nature and Poetic Dwelling: Ecofeminism and the
poetries of Phyllis Webb and Judith Wright”, en Philip Mead (ed.) 2001. Australian Literary Studies in the 21st century. Proceedings of the 2000 ASAL Conference held at the University of Tasmania, Hobart. Association for the Study of Australian Literature, Hobart.

Louise Wakeling, “Counting the cost: Poetry and the Environment” en OzMuze, vol. 1, nº15, diciembre de 1991.
Shirley Walker. 1991. Flame and Shadow: A Study of Judith Wright’s Poetry. St Lucia, University of Queensland Press.
Robert Zeller, “Judith Wright’s Nature Poetry - The problem of living ‘through a web of language’”, en Antipodes, vol. 12, nº1, junio 1998.

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Re: Poética ambientalista de Jorge Salavert Pinedo.

Mensaje por Amalia Lateano el Sáb Nov 10, 2012 11:16 pm

Muchas gracias por darnos sus aportes.

Nos levanta la moral !!!!


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Re: Poética ambientalista de Jorge Salavert Pinedo.

Mensaje por atlantida (Eugenia) el Dom Nov 11, 2012 12:05 am

Interesante texto nos comparte en los que veo la participación de varios poetas con sus aportes
en un canto en sus versos tristes por este planeta que se seca y va muriendo lentamente.
es muy bonitto el texto en el que vemos la unión de poesías y textos para una misma causa.
gracias por compartir. saludos

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Re: Poética ambientalista de Jorge Salavert Pinedo.

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