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NUNCA ODIES, PERDONA

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NUNCA ODIES, PERDONA

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Jue Ene 28, 2016 9:41 am

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NUNCA ODIES, PERDONA



Fue en plena guerra civil española.
 
Sonaban las sirenas, la gente corría de un lado a otro buscando a sus pequeños, que jugaban en el patio de la vecina.
 
Sus madres los tomaban en brazos y asidos fuertemente emprendían la carrera hacía los refugios,  no muy lejos de sus casitas con sus huertos verdeados de tiernas judías, tomates pulposos rosados y las malas hierbas, que crecen en el regato del agua.

A pocos metros, se levantaba orgullosa la gran fundición “La Farga” y sus chimeneas no cesaban nunca de expedir humo negro como copos, que al posarse en la ropa tendida, dejaban un vestigio de progreso industrial.


La Farga, era el centro de los ataques de la zona Roja. Los bombardeos se sucedían con demasiada frecuencia, las casitas colindantes estaban destruidas, los huertos desangelados, sin rastro de vida.

Entre tanto, un niña de unos nueve años, corría hacía los refugios en medio de un descampado. Eran dos a correr, la niña y su perro Chelín.

 
Las bombas caían cerca, demasiado cerca y las piernecitas no daban más de sí, para correr y el perro Chelín, no cesaba de ladrar y mirar al cielo.

En eso, la niña agotada de la corrida, se paró y viendo en el cielo un avión enemigo, no hizo otra cosa que levantar ambas manos para saludar al aviador.

La niña apreciaba bien el casco y las gafas del enemigo; éste bajó en picada y cuando parecía que iba a ametrallarla, levantó el vuelo y se esfumó.

 
La niña seguía saludándolo con sus brazos en alto, al tiempo que le decía a su perro Chelín: Mira, este aviador nos ha perdonado la vida; desde ahora rezaré por él, porque podía habernos matado y no lo ha hecho. ¡Anda, corre, vamos a contarlo a la gente para que recen conmigo!

Esa niña, no era otra que mi madre.

 
De ella aprendí a amar a los enemigos, a no odiar y a orar por todos ellos, además de rezar por todas las almas del purgatorio, cosa que obligatoriamente hacíamos juntas. Yo, metida en su cama, mientras iba repasando a los vecinos, amigos y familiares que ya vivían en el cielo.
 
El 28 de enero del 2000, mamá salió a comprar al supermercado cercano a casa.
 
 En el trayecto, una moto, conducida por un muchacho alocado, la atropelló.
 
Murió pocas horas después, en el hospital.
 
Yo era monja y me llamó una vecina alertándome de que en la casa de mamá, estaban las luces encendidas, el televisor funcionando y no veía a la perra en la terraza.
 
Me solicitó permiso para entrar al piso de mamá, ya que ella tenía un duplicado de las llaves. Así, por esta vecina, pude saber de la ausencia de mi madre en su casa, de viernes a lunes.
 
Pedí permiso a mi Priora para indagar lo que había sucedido. Llamé por teléfono a todos los hospitales, sin resultado alguno.
 
Luego llamé a la Policía dando datos y descripción sobre mi madre.
 
Me pidieron que esperara las noticias que ellos me irían dando.
 
Entretanto, recibí la llamada de una amiga de mamá, que me decía textualmente; “Tu madre está en el cielo, desde el viernes”.
 
Y fui yo, quien debió decirle a la policía que no hacía falta que la buscaran, porque estaba muerta.
 
Cuando me enteré de que mi mamá había fallecido, ya habían trascurrido tres días.
 
Nadie la pudo identificar, porque no llevaba documentación.
 
Fue providencial que la floristería, que aquella semana llevaba las coronas a la morgue, fuera de un íntimo amigo de mamá.
 
El chico encargado de recibirlas, le preguntó si sabía quién podía ser aquella señora, que había sido atropellada en su calle.
 
Al abrir la cámara frigorífica, el florista quedó estupefacto, mientras decía, ¡si es la Cinta!
 
Cuando me enteré de lo sucedido, me apresuré a llamar por teléfono, a la mamá del muchacho que había provocado la muerte de mi madre.
 
La señora titubeaba; su voz era cortada, se notaba que sentía miedo a lo que yo pudiese decirle. Pero Simplemente le dije, Señora Rosario, no se preocupe todo ha sido una mala fortuna, no voy a denunciar a su hijo, quédese tranquila.
 
La señora lloró y como pudo, me dijo que hacía tres meses había perdido a su marido; que estaba llena de deudas y el corazón destrozado.
 
La serené y en la paz que en esos momentos Dios da, nos despedimos.
 
Aprendí tantas bondades de mi madre, que deseo que poco a poco las vayan conociendo.
 
Han pasado muchos años y todas las noches rezo por las almas del purgatorio, por  los amigos que hemos perdido y por aquel aviador enemigo, que no osó matar a una niña con su perrito.

No se pueden ustedes imaginar, ¡qué delicia de mujer era mi madre!

 
Por ella, puedo aconsejarles que nunca odien, que perdonen.
 
El perdón nos devuelve la amistad con Dios.
 
Así me lo enseñó mi madre.
 
Autor Sor. Cecilia Codina Masachs
 

Fuente del Libro Historias de Sesy Bo
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CECILIA CODINA MASACHS
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