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Poesía y filología en fray Luis de León de Ricardo Senabre

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Poesía y filología en fray Luis de León de Ricardo Senabre

Mensaje por Amalia Lateano el Dom Dic 23, 2012 11:21 pm

Poesía y filología en fray Luis de León



Ricardo Senabre


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En la dedicatoria a don Pedro Portocarrero con que
fray Luis encabezó una recopilación de su obra poética -muy
probablemente no destinada a la imprenta, sino a la circulación privada
en un círculo restringido de amigos-, el autor señala que la colección
está dividida en tres partes: [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«En
la una van las cosas que yo compuse mías. En las dos postreras, las que
traduxe de otras lenguas, de autores assí profanos como sagrados». A continuación, fray Luis soslaya cualquier comentario
acerca de la obra original [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo](«de lo que yo compuse juzgará cada uno a su voluntad»), pero se extiende en largas consideraciones sobre los textos traducidos:
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[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
De
lo que es traducido, el que quisiere ser juez, prueve primero qué cosa
es traducir poesías elegantes de una lengua extraña a la suya, sin
añadir ni quitar sentencia y con guardar quanto es posible las figuras
del original y su donaire, y hazer que hablen en castellano y no como
estranjeras y advenedizas, sino como nacidas en él y naturales. No digo
que lo he hecho yo, ni soy tan arrogante, mas helo pretendido hazer, y
assí lo confiesso. Y el que dixere que no lo he alcançado, haga prueva
de sí, y entonces podrá ser que estime mi trabajo más; al cual yo me
incliné sólo por mostrar que nuestra lengua recibe bien todo lo que se
le encomienda, y que no es dura ni pobre, como algunos dicen, sino de
cera y abundante para los que la saben tratar.

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Esta especie de defensa apologética
de la traducción aparece, como puede advertirse, indisociablemente
unida a la convicción de que el castellano ha alcanzado ya una capacidad
expresiva, una riqueza y un desarrollo que lo hacen apto para recibir «todo lo que se le encomienda». Se trata de una idea común en el pensamiento de muchos intelectuales renacentista, y en nada se diferencia de algunas afirmaciones que se deslizan en De los nombres de Cristo para justificar que un libro de materia teológica se escriba en
castellano, porque «en lo que toca a la lengua no hay differencia, ni son unas lenguas para dezir unas cosas, sino en todas ay lugar para todas».
Resulta evidente que, en las palabras dirigidas a Portocarrero, a fray
Luis le preocupa, más que la acogida que pueda dispensarse a su obra
original, el problema de la posibilidad y de los límites de la
traducción. No es, en rigor, el poeta quien habla, sino el filólogo. Y
es preciso añadir que no estamos ante un caso aislado. Ya en el prólogo a
la temprana traducción del Libro de los cantares advertía fray Luis: «Procuré
conformarme cuanto pude con el original hebreo [...] no sólo en las
sentencias y palabras, sino aun en el corriente y en el aire de ellas,
imitando sus figuras y sus modos de hablar y maneras cuanto es posible a
nuestra lengua», porque [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«el
que traslada ha de ser fiel y cabal, y si fuere posible, contar las
palabras, para dar otras tantas, y no más, de la misma manera, cualidad y
condición y variedad de significaciones que las originales tienen» Y en la Exposición del libro de Job asevera: «Traslado
el texto del libro por sus palabras, conservando cuanto es posible en
ellas el sentido latino y el aire hebreo, que tiene su cierta majestad»
Las numerosas aclaraciones, apostillas y aun perplejidades con que
fray Luis va jalonando la traducción de muchos pasajes, muestran sin
lugar a dudas que el problema filológico que plantea el trasvase de una
lengua a otra constituyó para el agustino una preocupación central. No
se apartaba en esto fray Luis de la tendencia imperante entre los
humanistas.
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Desde Hernán Núñez hasta Juan de Mal Lara, el ejercicio de la traducción de
clásicos en metro castellano era una práctica que acabó por introducirse
hasta en las aulas. Y, por si fuera poco, formó parte de las
actividades intelectuales del círculo salmantino de fray Luis.
Recuérdese la anécdota -que, cierta o no, resulta ilustrativa- de la
emulación establecida entre Juan de Almeida, el Brócense y Alonso de Espinosa para traducir
en verso, cada uno por su cuenta, la oda horaciana «O navis referent». Concluidas las tres versiones, las someten al juicio de fray Luis, el cual, eludiendo el dictamen, añade otra suya.
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Todo esto explica no ya la escueta referencia a la poesía original en la
dedicatoria a Portocarrero, sino las amplias explicaciones acerca de la
obra traducida, tanto de poemas clásicos grecolatinos como de textos
sagrados. Porque es el caso que esta medida diferente -que no
parece interpretable sólo como muestra de humildad- se corresponde con
la diferencia real entre las proporciones que ofrecen ambos aspectos de
la producción poética luisiana -la traducida y la original- con relación
al conjunto de la obra. En efecto, el número de versos que fray Luis
dedicó a trasladar páginas ajenas es notoriamente superior al que ocupan
los poemas originales6.
Este dato no es irrelevante. El hecho de que el fray Luis más
perdurable sea el que todavía hoy nos conmueve en la oda a Grial o en la
«Noche serena» se debe a la respuesta de nuestra propia sensibilidad y a
la herencia de
una dilatada tradición crítica que ha destacado el breve corpus poético
del agustino por encima del resto de su obra. Pero tales circunstancias
no prueban que éste fuera también el parecer de fray Luis, el cual no
tuvo inconveniente en publicar algunas de sus traducciones, ni de
permitir que otros las publicaran -como hizo el Brocense en 1574, al
incluir en su edición comentada de Garcilaso cuatro versiones horacianas
de fray Luis-, pero que no se decidió a dar a la imprenta su obra
poética original, afortunadamente rescatada por Quevedo cuarenta años
después de la muerte del autor.
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Este
hecho nos sitúa ante uno de los múltiples enigmas que todavía presenta
la obra de fray Luis: el motivo por el que renunció a publicar su obra
original. Es cierto que se trata de un hábito generalizado entre los
poetas de los siglos XVI y XVII, como ya subrayó Antonio
Rodríguez-Moñino en un trabajo imprescindible.
Pero tal vez existan en muchos casos causas concretas que expliquen
esta actitud. Convendría indagarlas, aunque las limitaciones de nuestros
conocimientos no nos permitan traspasar el umbral de las conjeturas. En
la dedicatoria a Portocarrero sugiere fray Luis que no
quiso someter su obra poética [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«a los golpes de mil juizios desvariados, y dar materia de hablar a los que no viven de otra cosa».
Esto inclina a pensar que su condición de fraile agustino debió de
frenar cualquier idea de publicación, y que fray Luis no deseaba echar
más leña al fuego que sus adversarios atizaban contra él sin cesar. Pero
conviene examinar con la mayor cautela posible las afirmaciones de la
dedicatoria, porque se trata de una construcción ficticia, en la que
fray Luis se presenta sin nombre alguno y desdoblado en dos personas
diferentes, y no tiene empacho en declarar que las composiciones
recogidas en la colección son «obrecillas» que nacieron «en mi mocedad, y
casi en mi niñez», lo cual no es cierto en la mayoría de los casos. Por
otra parte, no parece que la poesía de fray Luis, de carácter ascético y
moral, pudiera suscitar recelo entre lectores suspicaces y malévolos,
con la única excepción de los cinco sonetos petrarquistas que incluye la
edición de Quevedo, pero que no figuran en códices de otra familia y de
los que no podemos saber si aparecían en la primitiva recopilación
dirigida a Portocarrero. Lo cierto es que se nos escapan los motivos
personales que pudieron inducir a fray Luis a no editar el corpus que
lo sitúa en la cúspide de la poesía renacentista. Y no lograremos
conocerlos nunca si antes no conseguimos intuir qué fue la poesía para
fray Luis, qué representó en el ámbito de sus numerosas actividades, qué
lugar ocupó en sus quehaceres y en su vida, lo que equivale a
formularse la pregunta que habría extender a otros poetas que tampoco
editaron su obra en verso, pero sí la prosa o el teatro: ¿por qué -o, si
se prefiere, para qué- escribió fray Luis poesía?

Conviene antes de nada reflexionar, aunque sea de modo somero, acerca de dos
detalles que acaban por relacionarse con esta cuestión central. En
primer lugar, no olvidemos que fray Luis habla de «obrecillas» para referirse a sus poesías. En cambio, denominará«obra» los Nombres de Cristo y «libro» su traducción del Cantar de los Cantares, o bien solicitará «obras» y «libros» desde su celda inquisitorial9.
¿Es puramente apreciativo, afectivo, el uso del diminutivo
«obrecillas»? Es posible, pero no enteramente seguro, y el contexto no
ayuda a disipar la incertidumbre.
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El otro aspecto al que importa prestar alguna atención es la ordenación de
la obra. Va en primer lugar la poesía original, después las
traducciones de obras profanas y, por último, las de textos sagrados.
Hoy tendemos a pensar que la enumeración 1, 2, 3... refleja la
importancia de
los objetos enumerados en sentido descendente, de modo que lo primero
que se menciona es de mayor jerarquía que lo segundo -por eso es «lo
primero»- y así sucesivamente. Pero no ocurre de igual modo en muchas
construcciones ternarias, sobre todo en el ámbito de la teología, que se
suceden formando, una escala ascendente. Así acontece, por ejemplo, con
las tres vías para llegar a Dios (purgativa, iluminativa y unitiva)
y sus numerosas derivaciones, calcos, glosas y variantes en las que el
elemento fundamental se sitúa en el extremo último de la enumeración, en
la cúspide de la pirámide jerárquica, como culminación de todos los
anhelos y todas las aspiraciones.

Sin perder de vista, por tanto, estos dos rasgos en apariencia
insignificantes -el diminutivo «obrecillas» y la peculiar ordenación
del corpus poético-,
podemos plantearnos con mayor firmeza qué fue la poesía para fray Luis.
Se trata de una pregunta simple y, sin embargo, se halla erizada de
enigmas.
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Como es lógico, la respuesta, si se encuentra, sólo puede ser conjetural, ya
que no existe ninguna declaración de fray Luis que ilumine la cuestión.
Tan sólo en la dedicatoria a Portocarrero -a la que hay que recurrir
inevitablemente una y otra vez a falta de confesiones más explícitas- se
aduce, casi de pasada, que la poesía, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«mayormente si se emplea en argumentos devidos», es [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«digna de qualquier persona y de qualquier nombre», y se apoya la afirmación en el hecho de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«haver usado Dios della en muchas partes de sus Sagrados Libros, como es notorio».
Pero este asomo de tímida defensa de la poesía tiene carácter general, y
no aclara qué pudo ser como necesidad íntima y casi secreta para fray
Luis. Nada hay sobre este asunto que pueda equipararse, por ejemplo, a
las observaciones acerca del «número» de la prosa incorporadas a De los nombres de Cristo en
la edición de 1595. Allí, y en unas pocas líneas, se percibe, al menos,
un legítimo e indisimulado orgullo de quien revela su esfuerzo por
crear una prosa artística de raigambre clásica, y se entiende muy bien
que fray Luis no lograra sustraerse a la tentación de manifestarlo. En
cambio, las ideas del autor sobre su producción poética más personal se
mantienen en penumbra. Y no disponemos de pistas alentadoras. Si se
conociera con
alguna aproximación la fecha de las composiciones, sería tal vez
factible relacionarlas cronológicamente con el resto de la obra y
deducir algunas consecuencias de interés. Pero la datación de las odas
es muy insegura -y basta para comprobarlo el simple examen de las
numerosas discrepancias que ofrecen editores y comentaristas-, aunque,
en general, se tiende a pensar que casi todas ellas, al menos en la
forma en que las conocemos, corresponden a una etapa de madurez, a
partir de 1570, aproximadamente, al igual que las traducciones de los Salmos. En cambio, las versiones e imitaciones de clásicos latinos se situarían en una época anterior.
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Podemos afirmar, por tanto, sin demasiado riesgo, que
las traducciones de Horacio, de Virgilio y de Tibulo son coetáneas de
la versión castellana del Cantar de los cantares, que tanto se
difundió en copias manuscritas, y acaso constituyan simples ejercicios
de adiestramiento, técnicas preparatorias para llevar a cabo un proyecto
de mayor enjundia. Aunque puedan entreverse atisbos anteriores, tal
proyecto aparece nítidamente a partir del curso 1567-1568, en que fray
Luis comenta el De Fide y muestra sus reservas ante la versión bíblica representada por la Vulgata de
San Jerónimo, a la vez que aboga por una nueva traducción de los libros
sagrados efectuada sobre los textos hebreos. En este punto comenzarán
las disputas de fray Luis con el maestro
León de Castro y la dilatada serie de rencillas y denuncias que, una
tras otra, condujeron al agustino al proceso inquisitorial y a la
cárcel. Probablemente todos estos sucesos truncaron en parte el proyecto
vital de fray Luis, que debió de consistir en algo tan ambicioso como
digno de su tenacidad: una traducción de los libros sagrados -o de
algunos de ellos, al menos- más estrictamente atenida a los textos
hebreos. Se trataba de establecer textos sólidos y seguros para
prevenirse contra los abusos de la interpretación alegórica de la Biblia.
Fray Luis albergó el propósito de ser un nuevo San
Jerónimo. Porque, aunque hablemos de un poeta, no hay que olvidar que
nos hallamos primordialmente frente a un teólogo profesional con una
sólida formación filológica. Teología y filología son inseparables en el
proyecto de fray Luis.
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Ahora
bien: traducir exige conocer la lengua de origen, pero también explorar
todas las posibilidades expresivas del idioma al que se destina la
versión. Cuando la traducción conjuga dos lenguas de naturaleza muy
diferente -el hebreo y el castellano, por ejemplo-, estas exigencias
sufren un notable incremento. Y -no olvidemos al teólogo- si la
traducción se efectúa no sobre simples productos estéticos, sino sobre
textos que contienen la palabra de Dios, todo rigor es poco. Para estos
casos no basta el conocimiento teológico. Se requiere una pericia
especial, una destreza en el manejo de la lengua que sólo se alcanza
mediante el estudio y la práctica. El ejercicio de la traducción de
autores diversos -a ser posible poetas, porque la poesía encierra mayor
concentración expresiva y más ingentes dificultades- forma parte
irrenunciable del adiestramiento por el que debe pasar todo traductor,
sobre todo si en su horizonte figura el propósito de verter la Biblia a
una lengua vulgar. Este carácter ancilar poseen las traducciones
luisianas de los clásicos latinos. Las odas horacianas ofrecían una
vertiente moral en nada ajena, además, al pensamiento cristiano; las
églogas de Virgilio, un estilizado mundo pastoril y un léxico rural que
también aparece con frecuencia en los libros sagrados. Es preciso
insistir en el carácter preparatorio, de puro
adiestramiento -lo que no excluye el goce intelectual que la tarea
pueda proporcionar- que poseen estas traducciones a las que fray Luis
dedicó varios años de su vida.
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Pero
es difícil que el traductor, obligado por su propia exigencia a
perfilar cada vez más sus versiones y en relación estrecha y continua
con modelos excelsos de poesía, permanezca en ese estrato. Pronto las
traducciones dejan paso a las imitaciones -mucho más libres y
personales, menos sometidas a pautas rígidas-, entre las que figuran las
de Giovanni della Casa, Petrarca o Bembo,
El salto desde esta fase a la poesía denominada «original» es casi
inevitable. Y fray Luis no lo evitó. Nótese que, inicialmente, esta
actividad poética madura no es más que una prolongación natural del
proceso de adiestramiento iniciado con las traducciones de Horacio. Más
aún: la crítica de los últimos años ha rastreado en las odas mayores
multitud de precedentes temáticos y expresivos que las convierten en
auténticas «imitaciones» a la manera renacentista: Ovidio, Propercio,
Horacio, Cicerón, San Agustín, San Juan Crisóstomo, Petrarca, Poliziano,
Bembo, Bernardo Tasso y un sinfín de autores configuran la densa
urdimbre de los poemas luisianos. Que en ese compuesto inextricable
volcase
también fray Luis a veces sus preocupaciones o sus congojas e hiciera
del conjunto algo enteramente personal, no invalida la índole práctica
con que los poemas fueron acometidos. Mayor sujeción al modelo exigía la
traducción delLibro de Job y, sin embargo, el hecho de haberla
comenzado en la cárcel inquisitorial de Valladolid descubre hasta qué
punto hizo suyo fray Luis en aquellos momentos, el problema del
infortunio del justo del que las páginas bíblicas constituyen un
paradigma universal. Y lo mismo cabe decir de algunas traducciones de
salmos gestadas durante el encarcelamiento.
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
En fray Luis la conjunción de teología y filología
desemboca en la poesía. Las odas que consideramos -y con razón-
altísimas muestras líricas no fueron para su autor, obsesionado por su
proyecto esencial, más que muestras de un proceso de aprendizaje. Sólo
el hecho de su extraordinaria difusión en copias manuscritas, con
numerosas alteraciones, decidió a fray Luis a recoger una especie de
selección puesta en limpio a fin de que los amigos dispusieran de textos
fidedignos y, por así decir, autorizados. A este uso restringido se
destinó la copia dedicada a Portocarrero; la posibilidad de la imprenta
no entró en ningún momento en los cálculos de fray Luis.
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Si hubiera que reconstruir el proceso creador
de la poesía luisiana -no sólo la cronología, sino las motivaciones y
circunstancias de cada poema, su composición y sus posibles retoques y
reelaboraciones- la empresa tropezaría con la insalvable dificultad de
la falta de noticias, del sostenido silencio de fray Luis acerca de esta
vertiente de su obra. En cambio es posible rehacer -y ya se ha hecho-
su pensamiento teológico y, quizá con mayor precisión todavía, lo que
podría denominarse su actitud filológica, sus ideas relativas al
lenguaje y a la traducción y hasta sus dudas concretas al trasladar numerosos pasajes del Cantar de
los cantares
o del Job, cuando fray Luis se detiene a
explicar la elección de un término o justifica un desvío del texto para
dar cabida en la versión castellana a connotaciones del texto originario
que la traducción literal no podría haber recogido. El ejemplo del Job representa
como ninguno esa triple faceta de una personalidad única e indisociable
que la crítica, sin embargo, ha pugnado por disociar. En efecto, las
tres caras de fray Luis -teológica, filológica y poética- operan aquí
conjuntamente: el filólogo traduce, el teólogo [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«declara» y
comenta, como un nuevo Gregorio Magno, y el poeta elabora una versión
en tercetos que aspira a recoger el temblor lírico y dramático del
original para el uso posterior de lectores piadosos. Al mismo tiempo,
como en la poesía más honda y
personal de fray Luis, la desdicha de Job se vincula implícitamente a
la propia situación.
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]Pero
no hay que perder de vista que esto sucede también en muchos otros
lugares de la prosa luisiana; creer que lo íntimo alienta únicamente en
las odas es un error que habrá que rectificar. En cuanto al Job,
un cotejo minucioso de la traducción literal y de los tercetos, que
aquí no es hacedero, mostraría bien a las claras la metamorfosis del
filólogo en poeta. Claro está que en su poesía original, la de las
grandes odas, fray Luis irá mucho más lejos, desasido ya de la
obligación de atenerse a un texto fijo. Pero no dejará de ser nunca el
filólogo que [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]«de
las palabras que todos hablan, elige las que convienen, y mira el
sonido dellas, y aun cuenta a vezes las letras, y las pesa y las mide y
las compone»

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Última edición por Amalia Lateano el Lun Dic 24, 2012 12:52 pm, editado 1 vez
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Re: Poesía y filología en fray Luis de León de Ricardo Senabre

Mensaje por Amalia Lateano el Lun Dic 24, 2012 12:45 pm

Very Happy
Muy buen ensayo, que guarda concordancia con la fecha que fue escrito por
Ricardo Senabre.
Gracias Dr. Joel Fortunato por mandarmelo.
Lo esperamos en el Foro.
Un besito
Amalia

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Re: Poesía y filología en fray Luis de León de Ricardo Senabre

Mensaje por FORTUNATO el Miér Feb 13, 2013 8:34 pm

Estoy de nuevo en mi país.
Sabe ,Amalia, le agradezco su dedicación
y preocupación por la buena lectura.

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Re: Poesía y filología en fray Luis de León de Ricardo Senabre

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