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EL MURO, un cuento de Navidad

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EL MURO, un cuento de Navidad

Mensaje por Susuru el Sáb Mayo 11, 2013 2:14 pm

Un pino decorado con borlas y bujíasde moto, cintas de colores, piedras pequeñas
pintadas con esmalte de uñas y paquetitos con caramelos se erguía orgulloso
en el fondo de la casa de don Antonio Lucce.

Faltaba poco tiempo para la llegada de la Navidad.
Ese año la escasez de trabajo y la poca producción en el campo
ocasionada por la sequía instaló el miedo
entre los adultos del poblado de Villa Pan.
Familias con hijos pequeños hacían malabares para comer todos los
días.
La solidaridad contagió a hombres y mujeres que con esfuerzo y los
pocos materiales que contaban, construyeron un comedor
comunitario en un galpón con techo de chapa que antes había sido usad
como depósito de cereales.
Toda la vecindad contribuía con algún alimento paraaportar a la
enorme olla colectiva que comenzó a hervir entre las brasas. La
tradicional sopa de huesitos de caracú,porotos,
papas, zapallo y zanahoria con fideos moñitos fue el menú básico a la hora del
almuerzo. Con la fruta golpeada que caía de los árboles o era picoteada por los
pájaros, las habilidosas señoras se las ingeniaban
para convertirlas en bocadillos dulces que fritaban en grasa
derretida.
La rusa Anastasia conocía la calidad de los huevos con
sólo mirar a los ojos de las gallinas y a ella fue encomendada la tarea de
seleccionar los mejores para nutrir a los niños. En las pausas de sus tareas
domésticas cantaba y bailaba Balalaika con un tono entre alegre y nostalgioso
al entonar estos versos musicales:
Petruzca
baila la
balalaika

Petruzca
baila
sin parar

Inmediatamente las aves quedaban hechizadas y todas aleteaban,
se elevaban y emprendían
una danza nupcial, erótica y deslumbrante. Gallos, gansos, y patos atraían a
otros de su especie y copulaban en el aire. Las liebres corrían a los conejos
en una ronda interminable y el relinchar de los caballos gritaba la postura
de los huevos gigantes con dos yemas.
El loco Elías corría en bicicleta para calmar sus nervios
y mientras pedaleaba imitaba a los animales sin
perder el equilibrio.
Se corría de voz en voz que el hambre podía trastornar la
mente, lo cual asustaba mucho a quienes escuchaban esta profecía más misteriosa
y terrible.
La vida era difícil para todos pero nadie se quería
rendir. Era un pueblo de gente trabajadora y acostumbrada
a enfrentar las adversidades que la Providencia enviaba
como prueba de su coraje. Las placentas de las parturientas se enterraban para
alimentar a la Pachamama y las jóvenes que menstruaban en noches de luna llena
se apartaban para fertilizar con su sangre la tierra y cumplir el mandato que sus
ancestros dejaron como tradición en la
comunidad.

Antonio Lucce y su esposa Gracia convocaron en su amplia
casa a los vecinos para reunirse en una asamblea extraordinaria antes de
la Navidad.

En la reunión trajeron a doña Matilda, madre de la señora
Gracia, quien contaba con casi noventa años y a pesar de perder la vista y
permanecer en silla de ruedas, su cabeza guardaba los secretos de sus
antepasados. Su memoria era generosa y cuando le preguntó su yerno Antonio qué
debían implementar para terminar con esta malaria, ella con toda sencillez dijo
que algún poblador debía ofrecerse para visitar al ermitaño del pueblo.
Saturnino era su nombre. Se decía que su choza estaba pintada de color rosa,
pintura que él mismo preparaba con cal y sangre de los animales que cazaba
para después hervirlos y comerlos.

Cada cinco años los pobladores debían obsequiarles sus mejores animales,
pero con la sequía olvidaron este ritual que estaba escrito
en los documentos añosos que conservaba Saturnino, el viejo sabio que supo
tener amores clandestinos con Matilda.

Absortos escucharon a la anciana y se propuso votar.
La rusa Anastasia fue elegida por mayoría.
Había que actuar inmediatamente y la rusa se dispuso a caminar un largo tramo
arrastrando su carreta con conejos, patos y gansos hasta
que llegó a la choza rosa que tenía como puerta la tapa de un ataúd con manijas
de bronce que el viejo robó del cementerio al morir su único hijo que
fue cremado.

Anastasia golpeó con fuerzas de esas manijas y un hombre
de larga barba, con la piel muy agrietada y uñas de manos y pies más largas aún
que los dedos, la recibió y le permitió ingresar. Anastasia, de los nervios,
no miraba más que a Saturnino y enseguida comenzó a explicarle el motivo de
su visita.

El viejo asintió varias veces con la cabeza y un olor a
tabaco y mugre envolvió la conversación que debía mantener el carácter de
secreta, pero prometiéndole a Anastasia que en pocos días se escucharían
fuertes estruendos y si cada uno de los pobladores cumplía el ritual que
tenía asignado desde el día de su nacimiento en Villa Pan era muy probable
que un cambio importante los sorprenda.

El veinticuatro de diciembre, organizados en sus labores
se acercaron a dejar lo que pudieron obtener y distribuyeron las tareas para
poder comer y brindar en la casa de Antonio.

Una pelirroja estrábica, alta y con un cuerpo alto y delgado de nombre Rubí
era la encargada de amasar pan dulce con la ayuda
de Teresita, la jorobada que se ocupaba de hornearlos. Estas mujeres
también prepararon el pesebre con mazapán y a escondidas, el gordo Fernando
hijo de Antonio y Gracia Lucce, se comió a los reyes magos y los camellos. Su
madre, al enterarse lo dejó sin cenar.

A pesar de la sequía y la hambruna que parecía ya instalada entre los pobladores
de Villa Pan esa navidad todos tenían algo para llevar a la boca con gusto.

Mientras se realizaban las tareas de cocina y limpieza, los jóvenes jugaban fútbol
en un potrero con toda la euforia y la fuerza que la
juventud otorga.

José era el número diez y siempre embocaba la redonda en el arco cuando la tenía a
sus pies. En el momento que se disponía a tirar el penal, Simón, el encantador de serpientes,
tocaba la flauta y al grito unísono de: ¡Gol! ,se derrumbó el muro de la casa grande
de la familia Lucce. Cayeron los escombros sobre la mesa.
El gentío que ya estaba en el lugar queda petrificado del susto que
provoca semejante estruendo.

La noche se detuvo en ese instante en Villa Pan. El polvo formó
una enorme nube de niebla. Los pobladores envejecieron siglos a medida
que la nube los envolvía.












Susuru
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Re: EL MURO, un cuento de Navidad

Mensaje por Amalia Lateano el Dom Mayo 12, 2013 4:42 pm

Susuru:

Muy bella narración, donde los personajes se perfilan
por sus virtudes y sus dones.
Sin duda debe continuar con una segunda parte...
Porque me ha dejado con deseos de seguir leyendo.
Muy Bueno!!!!
Te quiero mucho

Buena semana

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Re: EL MURO, un cuento de Navidad

Mensaje por Susuru el Dom Mayo 12, 2013 4:59 pm

Me deja muy feliz tu respuesta Querida Amalia.
Que me pidas una 2da parte será todo un desafío a considerar, no es mala idea. Tus conocimientos y tu talento en el arte de escribir son muy importantes para que evalúes mis relatos, algo que aprecio desde la pasión y la razón.
Buena semana para vos también.
beso y abrazo de amistad.

susana

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Re: EL MURO, un cuento de Navidad

Mensaje por FORTUNATO el Dom Mayo 12, 2013 5:19 pm

También pienso que se puede continuar... Es muy buen argumento

porque se introduce en el incosciente colectivo de un pueblo.

Felicitaciones.-
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FORTUNATO
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Re: EL MURO, un cuento de Navidad

Mensaje por Susuru el Dom Mayo 12, 2013 7:48 pm

También a vos Fortunato te doy mil gracias por comentar y por alentarme a continuarlo.

Un cordial saludo.

Susuru
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Re: EL MURO, un cuento de Navidad

Mensaje por francisca el Lun Mayo 13, 2013 2:27 pm


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Re: EL MURO, un cuento de Navidad

Mensaje por Susuru el Lun Mayo 13, 2013 7:21 pm

Querido DRAC: qué placer encontrarte aquí luego de mucho tiempo que nos comentábamos por el blog.
A mí también me encanta que te encante mi relato.
Espero nos veamos seguido, lo mío es la narativa, con lo cual nuestros encuentros serán casi siempre en este mismo lugar.

abrazos desde lejos!!!

susana (susuru)
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Re: EL MURO, un cuento de Navidad

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