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UN SILENCIO QUE DEJE HABLAR A MI SEÑOR

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UN SILENCIO QUE DEJE HABLAR A MI SEÑOR

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Vie Jul 12, 2013 10:02 pm

UN SILENCIO QUE DEJE HABLAR A MI SEÑOR

Es pues un gozo, una gran alegría dejarme llevar por ese misterio que es “el haber encontrado el camino que me lleva a Cristo, no digo haber encontrado a Cristo plenamente, sino el camino que me lleva con certeza a encontrarme con Él, a conocerle y reconocerle de manera imperfecta pero certera”.
Permitidme pues que os explique con sencillez algo de mi experiencia sobre la misericordia de Dios, que se deja no solo conocer sino, más aún, “reconocer” en apariencias sensibles a nuestra psicología y en maneras disfrazadas de su presencia inefable.
Todo hombre es imagen de Dios, pero ¿cuántas veces no sabemos reconocerle cuando se nos presenta disfrazado de mendigo, de emigrante, de terrorista, ladrón o simplemente... de una persona cercana con la que vivimos?
Penetremos en el amor de nuestro Dios, en su corazón dador de VIDA.
Cuando pienso en mis años de adolescencia, en cómo me había enamorado de algún joven y en la manera que tenía de expresarle mis sentimientos, me doy cuenta del crecimiento espiritual que Dios me ha dado para saber amarle mejor. En mi juventud los enamorados nos decíamos ¡Oh eres el amor de mi vida!. Ciertamente esa es una profunda expresión del sentimiento amoroso que se tiene, pero hoy que conozco otra manera de amar, hoy que se Quién me ama, mi expresión como jaculatoria es... “OH Dios, tú eres la VIDA de mi amor”. Esas palabras reflejan el sentimiento amoroso de un corazón dilatado por su amor que se ha hecho el Centro de mi vida; Jesús y no mi amor es lo que sustancial, y Él alimenta mi pobre amor para ser Vida y luz para mis hermanas de comunidad, mis amigos y familiares.
Yo sé que mi Dios no es un Dios mudo, su última Palabra nos la hace escuchar continuamente en su Hijo y por medio de su Espíritu. Dios me habla o me puede hablar en cualquier momento y de diversas formas: en la Escritura, por medio de otras personas o en la oración, y lo hace de forma muy personal, adaptada a mi psicología y forma de entender.
Dios realiza constantemente una atención personalizada con cada ser humano. Ha pensado en cada uno desde toda la eternidad. Muestra con todos una ternura y una paciencia que no se cansa de esperar de nuestra parte una respuesta personalizada y atenta, madurada en el silencio.
La oración del silencio nos prepara para acoger más ardientemente su Palabra y nos permite captar sus múltiples matices. Esa experiencia de escucha hace que resuenen en nuestro interior durante todo el día o gran parte de él su mensaje salvífico. Muchas veces nuestra mente no alcanza comprender tanta hondura, pero queda grabada en el alma.
¿Y qué ocurre si nuestro silencio atento no es capaz de captar su palabra? Entonces podremos ofrecerle la oración del sirviente que vela, que no se cansa de esperar, ni se adormece su anhelo tras las horas y horas de vela, aunque muchas veces sus párpados quieren desvanecerse en un sueño dulce y profundo donde sólo está su Dios. El cansancio físico no impide permanecer enamorados de Dios, por eso todos podemos hacernos como el centinela de Isaías (62, 8-7): “Vosotros, los que hacéis que Yahvé se acuerde, no guardéis silencio, no le dejéis descansar”, podríamos añadir, “hasta que escuche vuestra súplica”.
Hay ocasiones en que podemos escuchar, a pesar de nuestro cansancio después de una larga jornada de trabajo o de la debilidad de nuestro cuerpo.
El mejor ejemplo que tenemos “del centinela en vela y escucha”, lo encontramos en la Virgen Maria. Ella escuchó el anuncio del ángel Gabriel con sorpresa y humildad, por eso su misión pudo ser fecunda. Dios le dio la noticia más sorprendente y María la acogió con serenidad, aunque en ese momento no comprendiera todas las consecuencias de ese acontecimiento.
Para desarrollar un poco más el camino de la contemplación podemos enumerar tres estadios:
1º.- Debemos hacer silencio para vaciarnos de nosotros y de todo lo que nos separe de lo que buscamos. Es decir, quedarse en pleno desierto, no para encontrarnos con Dios, sino más bien para descubrir todo aquello que hay en nuestra vida que “No es Dios”, para poderle después hallarle y llenarnos de Él.
2º.- El segundo paso en este itinerario contemplativo es la humildad. Ésta debe ser la actitud de todo orante, permanecer sencillamente agradecidos tanto si Dios nos da a conocer algo de sí, como si guarda silencio. No debemos tener nosotros nunca la iniciativa, impidiendo que el Señor lleve el timón en este encuentro.
3º.- El tercer paso consiste en velar con el anhelo encendido para poder reconocerle en todos los acontecimientos de la vida y saber amarle mejor cada día en nuestro prójimo, ya que éste es sin duda el mejor termómetro para conocer realmente si nuestro amor a Dios es real y si ya le amamos como Jesús nos amó, es decir, “hasta el extremo”.
¿Y qué es lo que contemplamos? Entre los enamorados no hay uno que mire y el otro no le ve que le está mirando. Si el amor es recíproco, en la contemplación de la hermosura de Dios, en sus inefables misterios de amor, no es sólo el hombre el que por gracia contempla a Dios y a su creación, sino que primero es Dios quien contempla al hombre, a su amada criatura y se siente feliz de hallarle esperando, aguardando con humildad ese inefable encuentro.
La actitud de espera hace que el encuentro sea una contemplación del UNO con el otro. A este respecto podemos recordar la experiencia del cura de Ars con aquel sencillo campesino orando delante del sagrario cuando al ser preguntado qué hacía allí, simplemente contestó “me mira y yo le miro”.
Ahora bien, no es fácil quedarse a solas con el Señor; hay que disponerse para ello con una determinada determinación. Esta determinación nos hará ejercitarnos en la autodisciplina orientada hacia la meta del amor. No hay que proponerse objetivos que no sean realmente deseados con intensidad. La intensidad de lo deseado hará que la voluntad quede fijada para ese objetivo. ¡Y cuán maravilloso será, si nuestro objetivo es amar a Dios!
Debemos hablar también de la presencia de Dios en la ausencia. No es siempre fácil la oración de silencio contemplativo; con frecuencia se nos presenta la dureza de la fe desnuda, que nos hace realmente penetrar más en el corazón de Dios. No hay que buscar la emoción de un gusto sensible; eso podría abocarnos a buscarnos a nosotros mismos. No obstante, si sabemos encauzar bien nuestra sensibilidad para amarle, no sería justo despreciarla como cosa imperfecta. Hay que saber “reciclar” lo que creemos que ya no nos sirve; al fin y al cabo “todo es gracia”.
Prosigamos hablando del camino hacia la contemplación de Dios. Ir a Dios significa avanzar desnudamente para realizar la donación personal de todo nuestro ser. Para amar al Dios desnudo es preciso aprender a andar como los niños, levantándose después de cada caída e intentar ser mejores de lo que somos con nuestro prójimo, que es lo más cercano a nosotros y la imagen de Dios mismo. Tal vez nos hallemos en “la noche oscura del alma”, pero es posible que no seamos conscientes de esa gracia que Dios nos da para realizar nuestra donación de amor. Y si por la gracia del Señor llegáramos, con fe profunda, a vivir intensamente su presencia –a saber que nos miramos–, la mejor actitud sería ofrecerle un silencio de admiración y de adoración, que adora desde el interior del alma. La Beata Sor Isabel de la Trinidad decía: “Todo mi ejercicio es entrar adentro y sumergirme en los que están allí”.
En nuestro caminar hacia Dios siempre nos encontramos con buenos samaritanos que nos ayudan a discernir antes de tomar decisiones, desde nuestro director espiritual, pasando por nuestros superiores, hermanas de nuestra comunidad y también as herramientas propias de la vida cristiana: la Palabra de Dios, los sacramentos, la oración, las buenas obras, etc.
En nuestro itinerario de contemplación es importante que dejemos hablar a nuestro Dios y que hablemos con Él. Debemos buscar el silencio y la soledad en la medida en que nos sea posible para encontrarnos con el Señor. No hay que permitir que la soledad nos aísle de la humanidad sufriente, al contrario, es preciso vivir la presencia de Dios de tal forma que los que nos vean puedan decir: “realmente estos son los discípulos de Cristo”. Es así como haremos que el Evangelio sea creíble y resulte novedoso también en el siglo XXI.
 

Autor Sor Cecilia Codina Masachs:D 
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Re: UN SILENCIO QUE DEJE HABLAR A MI SEÑOR

Mensaje por Amalia Lateano el Vie Jul 12, 2013 10:23 pm




 Estimada Sor Cecilia: con seguridad"...En nuestro caminar hacia Dios siempre nos encontramos con buenos samaritanos que nos ayudan a discernir antes de tomar decisiones, desde nuestro director espiritual, pasando por nuestros superiores, hermanas de nuestra comunidad y también as herramientas propias de la vida cristiana: la Palabra de Dios, los sacramentos, la oración, las buenas obras,"
 Besitos hasta tu corazón
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Re: UN SILENCIO QUE DEJE HABLAR A MI SEÑOR

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Vie Jul 12, 2013 10:25 pm

Gracias
mil besos de ternura
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Re: UN SILENCIO QUE DEJE HABLAR A MI SEÑOR

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