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MISERICORDIA

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MISERICORDIA

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Lun Jul 15, 2013 7:37 pm

MISERICORDIA

 


 

INTRODUCCIÓN



 

En este estudio de la Misericordia, pretendemos  instar a cuantos lo lean, una nueva y a la vez vieja manera de interpretar este tema que nos atañe a todos los cristianos, máxime a cuantos nos hemos consagrado a Dios en la vida religiosa y sacerdotal. Posiblemente para algunos no aportemos nada nuevo, pero para otros quizás les mueva a ser practicantes de esa misericordia que esperamos siempre que los demás tengan con nosotros pero que más de una vez olvidamos que también nosotros debemos practicarla como el máximo exponente del amor cristiano.

 

Feliz quien posee la capacidad de comprender dónde se halla toda la profundidad del amor, como también, cómo dilatar su anchura.

Así deseo iniciar este artículo; felicitando a todos por la Vida que  poseemos y que se nos ha dado a compartir con Cristo, celebrando  todos los días al comulgar la Eucaristía, la gracia de la redención, por lo cual solicito que nadie se quede sin dilatarse, sin ejercer la profundidad y la anchura de la Misericordia. Este ensayo, largamente meditado y estudiado, se propone llegar a los lectores para que también puedan ahondar en esa gran dimensión del amor de misericordia.

 

 

1.-LA MISERICORDIA A LA LUZ DEL A.T

 

 

Si bien es cierto que en el contexto bíblico la misericordia se nos presenta con una gran variedad de vocablos y matices, en ella hallamos una gran riqueza, no solo de expresividad, sino también de actitudes frente a los avatares de la vida.

Vemos pues que en el texto hebreo, la misericordia  es interpretada como «vísceras»,(Rahamîm), víscera es algo vital para el sostenimiento de la vida humana y al mismo tiempo es algo muy profundo y protegido. Pensemos en cualquier víscera de nuestro cuerpo; el pulmón y el corazón están protegidos por las costillas y los riñones por el tejido adiposo o grasa. O sea, que es algo interior y protegido; vemos a demás que es una palabra femenina que designa «Seno materno», interioridad, «A dentro, muy a dentro, es decir: entraña”», a aquello que es más amado y que permanece escondido dentro de nuestro ser.

 

Pero en el sentido del ágape expresa un gran sentimiento reciproco, sentimiento íntimo y amoroso que une dos personas por los lazos de sangre o bien por el amor en el corazón. Así nos hallamos ante la imagen tierna de una madre que está amantando  a su hijo y le da vida en minúsculas y VIDA en mayúsculas, alimento corporal y alimento espiritual, en definitiva le está dado VIDA.

Las entrañas siempre generan VIDA. Posiblemente la experiencia que tiene Jesús de Dios, creo que es exactamente esa, cuando dice: «Abba», habla en ese sentido de entrañabilidad, íntimo y amoroso de una relación de verdadera amistad.

En esta experiencia vital concurren dos corrientes reciprocas; la primera en una confianza firme y la segunda en un gran amor apasionado. Ambos esperan darse y recibirse, pero con la particular que ese amor nunca pretende poseer al otro si no es en igualdad, ya que si uno es el dominante, en esa relación, existe uno de ellos que es esclavo del egoísmo del otro porque ya sabemos que el amor no es solo de uno si no que es cosa de dos. Es evidente que este tipo de relación se da en el ser humano pero jamás en una relación de amistad amorosa con Dios, nos engañaríamos si pretendiéramos que vivimos un verdadero amor filial o esponsal con nuestro Dios y Señor.

 

 

2.-NO SOMOS POBRES

 

 

Nadie puede ser receptivo a la misericordia, es decir: « A la ternura, a la bondad, a la amabilidad, a la compasión, a la piedad y a la complacencia del otro, sino confía en el Otro, en mayúsculas, es decir en Dios, sino confía en su hermana de comunidad, como tampoco será entendida la misericordia en un corazón que está minado por la soberbia y la autosuficiencia. Ese corazón es incapaz de comprender a nadie y si no desea complacer a sus hermanas en aquello que debe el amor, en los detalles cotidianos, los más sencillos ¿Cómo va a complacer a Dios? Recordemos que «No somos pobres, sino más bien es que tenemos pobreza que es muy distinto, pero menos aún somos miseria, en todo caso tenemos miseria, al igual no somos miserables, por la razón que no debemos desvalorizar nuestra humanidad a ese extremo».

 

Tengamos la coherencia de saber que vivimos en esperanza y en la confianza puesta en Dios, por ello no deberíamos permitirnos pensar que no somos candidatos a esperar de los otros compasión, lo somos todos. Pero en ningún modo debemos pensar que a pesar de nuestras innumerables infidelidades somos miseria. ¡No, no, en absoluto!, ni tan siquiera el más peligroso delincuente o asesino se le puede atribuir semejante denigración. El ser humano es muy valioso para nuestro Dios, tanto que dio su propio Hijo para sacarnos de la pobreza en que vivíamos, primero se encarnó en carne humana y vivió con los hombres para ser uno entre tantos y murió junto a dos ladrones como un reo más a la muerte, y todo siendo él Dios y hombre, nacido sin pecado, pero comprendiendo al pecador tanto que ni tan siquiera acusó a la pecadora (Cf. Juan 8,1-2).Por eso podemos afirmar:« Cristo no vino al mundo para encarnarse en la miseria sino en la belleza de la  humanidad herida por el pecado, para devolvernos a aquella semblanza que habíamos perdido del Padre por el pecado de Adán y Eva».

 

No somos miseria ni tampoco somos miserables, como hemos mencionado anteriormente, pero si que tenemos fortaleza y tememos debilidades, pero no permanecemos derrotados porque la gracia nos mantiene en el combate de la fe. ¿Y qué elemento es indispensable para que el hombre se decida a combatir el mal? Podríamos decir: «Que nos reconocernos hijos de Dios para actuar en el amor, porque Dios siempre se manifiesta de una manera u otra a aquellos que él se ha escogido como sus profetas, como el eco de su voz, anunciando siempre su Reinado y su Reino».

 

Abraham vio a Yahvé (Ge 8-33) más vemos que Dios desea ser conocido y reconocido por su pueblo y sí lo expresa en (Ex 34, 6-9), donde él mismo da la pauta para que comprendamos la naturaleza divina; tal cual es, nuestro Dios reclama nuestra atención y nos regala su propia definición , suprema y única (Ex 34,6 y también nos revela su nombre, en el monte Horeb, cuando Moisés ve a Yahvé, tras la conversación del pueblo rescatado de Egipto «Yo soy el que soy», y ese Dios que «Es», manifiesta su misericordia, su compasión,(Hamal) porque él es lento a la ira y rico en misericordia y piedad(Hus), en esto debemos de parecernos nosotros, en ser lentos en la ira y ricas en la piedad y misericordia con las debilidades de nuestro prójimo y por supuesto de las nuestras.

 

 

3.-CONOCER Y RECONOCER

 

 

Pero para gozar de tales sentimientos y obras, -No olvidemos las obras-, nos es obligado conocer y aún más reconocer cómo es Dios, y no lo conoceremos sino lo podemos ver en nuestras hermanas, en nuestro prójimo.

Pero el Señor sabe darnos su luz para crecer en su conocimiento y quiero añadir que conocer, no es lo mismo que reconocer; me explico: « El  reconocimiento viene disfrazado, como escondido, no se ve a simple vista, es como un misterio, oculto pero que al mismo tiempo quiere hacerse ver. Dios es diversidad y uniformidad al tiempo, pero precisamos que para ver aquello que deseamos identificar, forme parte de nuestra vida y además sea constituyente de lo más íntimo de nuestro ser». Pongamos un ejemplo que en su tiempo fue real, pero que nos sirve muy bien para clarificar esos verbos cuyo significativo se complementan en el sentido de la profundidad de un sentimiento de relación interpersonal.

 

Una mujer tiene que identificar a su esposo que ha fallecido en un accidente de aviación, donde no hay supervivientes. Todos los pasajeros están tan quemados que no queda casi rastro de su figura. No obstante, la esposa es capaz de identificar el cadáver de su esposo, lo reconoció al ver que el hueso clavicular derecho presentaba la cicatriz propia de una fractura soldada, su esposa es enfermera, circunstancia que determinó su identificación.

 Sí, su esposo se lo había fracturado en la infancia. La mujer tuvo que reconocer más que conocer a su esposo totalmente calcinado entre 150 pasajeros. Y nos podíamos preguntar: ¿Cómo lo pudo reconocer en medio de una situación psicológica tan angustiosa, donde la desesperación de apodera de toda la persona y el dolor la hace delirar entre grandes sollozos medio enmudecidos en el alma?.

Sólo un amor apasionado y sereno, es capaz de tal proeza. Un amor tan profundo que le hizo conocer cada centímetro de su cuerpo, cada centímetro de su alma si es que se pudiera medir tal virtualidad.

 

Yo diría, que es como la fe, la fe de la esposa enamorada de Cristo, esa esposa que va pasando sus manos por todo su cuerpo, palpándolo con suave ternura como un ciego buscando su bastón blanco, y con esa delicadeza del amante del Amor desliza sus manos de mujer enamorada por la cabeza, sus cabellos largos y sedosos, sus  ojos cerrados, su nariz percibiendo la tibieza de su respiración y ¡ como no!, sus labios, su barba y siguiéndose deslizando como de suyo fuese propio, hasta el bello de su pecho acariciando la herida del costado, y las heridas de las manos y los pies.

 Ella reconoce en sus heridas la sanación de su alma y de su cuerpo y es tanto su amor que unido al de él, el Padre Dios de misericordia lo resucita. Esa esposa no lo conoce todo entero, pero conoce gran parte del que ama, y así va reconociendo en el cuerpo del Amado a la Iglesia, a todos sus miembros; la fe también va a oscuras recorriendo el Cuerpo de Cristo, con esas manos que tímidamente pero con ternura busca por siempre encontrarle y no dejar que nadie se lo quite.

 

La mujer que perdió a su esposo en ese accidente de aviación, reconoció lo que le pertenecía, allí estaba una gran parte de su intimidad, una parte de su entraña, porque el amor verdadero nunca se queda con la superficialidad, ¡ busca, busca y busca hasta conocer lo oculto de aquello que tanto ama! y puede exclamar, como la esposa del Cantar de los Cantares  « Mi amado es para mí ; y yo soy para mi amado» (CT.2, 16) y en otro lugar  «Cuando encontré el amor de mi alma lo agarraré y no lo soltaré» ( CT.3,4 ).

 

 

 

4.-ADUEÑARSE DE LA LIBERTAD

 

 

Adueñarse, apresar esa libertad que es al que amamos, no es nada fácil, precisa saber darse y no desear poseer en más medida que el Otro u otro. Isaías anuncia la salvación, anuncia el Evangelio y proclama el Reino de los Cielos y como un acto de misericordia Yahvé ha desnudado su brazo, sí desnudado, es así como llegamos a reconocer al Amado «Desnudo», él se deja ver por aquellos ojos que le miran en la noche de la fe y se presenta muchas veces con la desnudez del siervo de Yahvé, es decir: «Tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía un hombre, ni apariencia humana» (CF. Isaías 52,14).

 

Y ahora nos ha llegado la hora de permanecer en la noche oscura de la fe para reconocer a Dios en nuestra vida consagrada, en nuestra vida comunitaria, en la vida cotidiana y reparar en aquella hermana que como el siervo de Yahvé no tiene aspecto que pudiésemos estimar (Is. 53,2), cuantísimas veces no sabemos reconocer a Jesús en nuestras hermanas, en aquella que por su carácter parece sosona ¡y porqué no! «Hasta corta de luces» y decimos: «Es tan buena que parece tonta»; o bien aquella otra hermana que nos amarga la existencia porque pretende imponer a toda costa su voluntad y nunca tiene una palabra de aliento, una palabra de halago, una sonrisa. O bien aquella otra hermana que solo vive para sí, apartada de la comunidad y se cree la más santa de la comunidad. O aquella otra hermana, que osa corregir públicamente a su superior sin caridad. O aquella otra, aquella otra…o yo, que también soy «Aquella otra» que también soy templo del Espíritu Santo e incurro en similares ejemplos.

 

Ciertamente tenemos comprobado que solemos más fácilmente conocer o a veces reconocer a Jesús en los enfermos que se debaten entre la vida y la muerte, en los pobres, en los drogadictos o a cuantos tienen que padecer sufrimientos grandes, que son un prójimo lejano, que reconocer a Cristo en la hermana que tenemos a nuestro lado todos los días, compartiendo nuestra misma vida comunitaria y espiritual. Los valores que deberíamos practicar de caridad darían inicio en nosotras mismas, de un «corazón dilatado por el amor de misericordia» de tal forma que, aunque se presentase Cristo bajo apariencias poco atractivas, como el siervo de Yahvé,  viésemos en ese disfraz a la hermana que nos quiere en el silencio del anonimato. Para llegar al tú, al él, hemos de pasar primero por depurar el «YO», si yo, se amarme con amor reverencial sabré amar con esa exquisitez al Otro en mayúsculas  y al tú y después al él, seguido de todos los demás prójimos. Para ello nos hace ser tremendamente vulnerables y sabernos darnos a los demás y  saber tomar la misericordia que nos quieran dar los otros, para ello nos hace crecer en humildad y no perder la libertad.

 

Nunca seremos libres sino luchamos por ser dueños de un equilibrio interno que afiance nuestra condición de hijos de Dios. Sentirse libre es gozar del amor, de impregnarnos del Sermón de la montaña (Mat.5, 1-12). El criterio de la verdad teológica  no es una praxis, sino revelación divina. De la revelación es de donde la fe, y coherentemente también la teología, deben sacar la verdad integral sobre el mensaje de liberación del hombre que Dios lleva a cabo. Si se considera  que la «liberación» en sentido bíblico, implica el paso de una condición herida, enferma a una situación de sanación, comprenderemos entonces que de la « Liberación proviene la libertad» y de la liberación fluye la salvación, redención del ser humano por obra de una acción poderosa y libre de Dios.

 

Adueñase de la libertad conlleva dejarse empapar de Cristo y vivir como vivió él, que paso su vida haciendo el bien, perdonando todas las debilidades sin dejar de denunciarlas, que es otra cosa muy distinta. El fruto y la consecuencia del pecado son situaciones de injusticia, de opresión, de esclavitud que a su vez engendran la injusticia.

 

Al iniciar este artículo, en su introducción, nos hemos invitado a ser felices «Feliz quien posee la capacidad de comprender dónde se halla toda la profundidad del Amor, como también de dilatar su anchura y profundidad»El hombre feliz es un ser que vive cada día de la fragancia de una amistad, la caricia de un gesto, la ternura de una sonrisa, y comprende la dureza del odio, el desaliento de una palabra, el vacío de un silencio y ante todo «Ama y se deja amar»

 
 
Retomemos de nuevo el tema de la misericordia, poniendo a un santo que experimentó en su ser esa virtud y la practicó desde la oración donde nace, hasta las obras donde se cumple el inmenso deseo de amar al prójimo.
 

Nos referimos a Santo Domingo de Guzmán, hombre vulnerable frente a las necesidades de los más pobres, y a darse en misericordia y por ello nadie tan confiado a sus hermanos que dejó la responsabilidad de la nueva predicación a unos frailes que quizás no eran plenamente responsables de su misión y pedían ciertas seguridades para llevar a cabo esa tarea. No obstante, Santo Domingo confió en ellos y así se extendió la Orden de Predicadores, basada en la confianza fraterna. Esta Orden como cualquier otra no tendría ningún sentido de existir sino confiamos las unas con las otras, sino  compartimos lo bueno y lo malo, sino nos comunicamos nuestros sentimientos y pareceres y digamos también comunitariamente en libertad. Vivir así cada una en su carisma es verdaderamente atrayente, es precioso como un gran regalo que nace de la amistad íntima con Dios, esa misma amistad, nos exhorta y empuja a confiar más unas con otras, a confiar en otros las riendas de nuestras vidas y además a confiar más con alegría, no es demás decir: «  a pesar que nos decepcionen seguir confiando una y otra vez» tenemos el ejemplo del Hijo pródigo (Lu 15,19-24).

 

Y caminando en la «Misericordia» nos hallamos frente al poema cuarto del Cantar de los Cantares (5,16), la esposa nos va describiendo cómo es su Amado, pero…quedémonos con el final de este hermoso poema. «Su paladar es dulcísimo, todo él es un encanto, así  es mi amado, así mi amigo Hijas de Jerusalén» Y por qué no añadimos…«Así es mi hermana, es un encanto, es una hermosura finísima, porque en ella vive mi Amado. ¿Por qué no lo creemos, por qué no lo intentamos?

Continuamente tenemos que pedir la gracia de saber reconocer a Cristo en nuestras hermanas, en nuestra vida comunitaria. A nuestro entender la única forma de amarnos como Jesús nos amó, dándonos en misericordia constantemente. Jesús nos dijo: « Yo doy mi vida, nadie me la quita» (Jo 10,18), fue un dar no un quitar, por eso en nosotras se revaloriza esa entrega cada día en el altar.

Cuando reconocemos que Cristo vive en nuestras hermanas, no es por méritos nuestros, ¡no, no!, si no  que es el propio Espíritu Santo que nos hace reconocer cuando estamos delante de una hermana, de que allí, está Dios. Esta obra del amor de Dios en nosotras, la hace tan extensible y profunda, como es infinito en todo. Y si bien es cierto que podemos hallar pobreza humana y espiritual, en  algunos miembros de la comunidad, fácilmente movidas por la caridad nos atreveremos a mirar, nos atreveremos a convivir con ella, con amor misericordioso, tal como nos ama Dios mismo.

 

Vivir así, con ese darse sacrificial es verdaderamente un vivir de amor de caridad, que no siempre nuestro ánimo es capaz de llevarlo a la practica sino nos entrenamos en el abandono de la misma misericordia que Dios tiene con cada una de nosotras con nuestras infidelidades grandes o pequeñas, con nuestras omisiones tan frecuentes en la convivencia con nuestras hermanas, sobre todo, de aquellas que nos cuestan más de servir y amar. Hemos pues de recordar siempre las palabras de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo (Lu 6,35-36), esto nos permite comprender el sentido real de la frase. En efecto, después de haber dicho que hay que hacer el bien a todos y amar incluso a nuestros enemigos a semejanza de Dios que es bueno incluso con los desagradecidos, los maliciosos añade « Sed misericordiosos», compasivos. Esto significa que el ideal de santidad a la que Cristo nos llama, se concreta en «Obras de misericordia espiritual y corporal» que son en sí las formas más elevadas del amor al prójimo, como nos relata Lucas en la parábola del buen samaritano (Lu 10,30-37). Amemos como nos ama Dios, porque de lo contrario poco a poco Dios se irá de nuestra vida, no porque Él lo desee, sino porque nos olvidamos nosotras de Él.

 

«Quédate con nosotras Señor»

 

 

LA CONVERSIÓN: DIÁLOGO FRATERNO EN DIOS

 

 

En el pasaje del evangelio (Jo 8,1-2), nos relata una historia de amor. Una maravillosa historia amorosa entre Cristo y la humanidad, en la cual se nos presenta cómo el pecado se borra con el amor.

Es la historia de la conversión de la mujer adultera; en el contexto del relato aparece como una pecadora pública, que habiendo sido sorprendida en adulterio, la ley ordenaba la lapidación. Para esta mujer la conversión no fue en sí, un arrepentimiento de sus pecados ¡no, no!, no fue una autoacusación de su vida pecaminosa, si no que a causa de sus pecados se enamoró de Aquel que le dijo: « Vete y en adelante no vuelvas a pecar» ¿Nos podemos imaginar esta historia en nuestra propia carne en nuestra alma?

¿Nos podemos imaginar esa historia?, yo creo firmemente que sí, ya que en ella de una manera u otra estamos todos reflejados, pertenece a nuestra condición humana caída por el pecado.

 

La mujer está asustada, cabizbaja; su pelo azabache le cubría medio rostro, no lloraba, permanecía muy serena, tranquila ante aquella muchedumbre expectante y ávida de odio, sedienta  de violencia por ellos justa y justificada. Llevada a empujones e insultándola la llevan donde estaba el pueblo reunido, que en aquellos momentos estaban escuchando pasivamente la doctrina de un hombre llamado Jesús.

 

Los escribas y fariseos le traen esa mujer y la colocan en el centro, a la vista de todos. Cierto que estos fanáticos hombres instruidos de ley, aprovechan esa ocasión para comprometer a Jesús, ¡lo habían hecho tantas veces…! e intentan comprometerlo al pedirle que diese un juicio. ¿Y qué es lo que hace Jesús? El evangelista Juan nos cuenta que Jesús, inclinándose escribía con el dedo en el suelo. ¿Qué cosa tan extraña verdad? ¿Qué puede significar el hecho de escribir o dibujar en el suelo? Nadie, escribe en el suelo sino es para prolongar su energía hacia fuera…su amor, su fuerza sanadora. Podríamos decir que este hecho es como una emanación se su Santo Espíritu hacia el «Tú», la humanidad sufriente y deseosa de ser amada con el valor supremo de ser digna de ser feliz. Por eso Jesús sin tardanza dijo: « El que de vosotros esté libre de pecado lance contra ella la primera piedra», y tranquilamente se inclinó de nuevo y se puso a dibujar en el suelo. Todos se marcharon comenzando a irse los más ancianos, hasta quedar a solas Jesús y la mujer.

 

Esta es la escena más mística de todo este relato, y es para quien pueda revivirla una inefable historia de amor, algo  que no se puede explicar con palabras, ni tan siquiera balbucear; quedarse sola a solas con Jesús, no es nada fácil. La mujer se hallaba sola a solas con un hecho sorprendente en su vida. En toda esta situación, la mujer no tenía nada de qué mostrarse orgullosa, ni tan siquiera podía sentirse indignada  contra a aquellos hombres que la querían matar. No tenía ni le quedaba nada, era como poseer un gran vacío lleno simplemente de la fragancia de un ser humano que se siente sanado por la Divinidad que vive en su interior y no conocía hasta que se le dijo: « ¡Mujer! ¿Dónde están, nadie  te ha condenado? Ella respondió.-Nadie Señor. Jesús le dijo: «Yo tampoco te condeno, vete y en adelante no vuelvas a pecar»

En ese mismo instante, su gran vacío se convirtió en un gran amor de agradecimiento, en un gran amor de reconocimiento, en un gran amor de admiración, un amor de locura. Y en esta situación amorosa es muy difícil de intentar describir lo que en el interior del alma va acomodando su transformación para gozar de un amor esponsalicio con Cristo.

La pecadora, se enamoró de Jesús y no se marchó, al  contrario, permaneció en Él, quieta, sosegada, serena, inmóvil, penetrada ávidamente por Él y traspasada en lo más íntimo de su ser de un amor desconocido y al mismo tiempo añorado como si ya hubiese sido conocido anteriormente en una dimensión desconocida.

 

Es aquí, cuando la mujer se convirtió, sucedió cuando se encontró en la intimidad de un hombre y Dios, que no la acusó. La pecadora quedó a solas con un hombre que sólo tenía palabras de Vida, palabras de misericordia, por eso sus oídos se volvieron como el eco de una caracola de mar que afluye de ella una mágica marea de olas de pasión, pues cuando la voz de Jesús penetra en lo más hondo del alma, ya no hacen falta palabras para decirse«Te amo»

El silencio, es el diálogo de los enamorados, ya no necesitan imperiosamente verse ni acariciarse el uno al otro para decirse cuanto se aman. Los dos son una sola cosa en el amor, aunque siempre deseen intensamente estar juntos, la unión esponsal es tan poderosa que no precisa la carnal.
Esta unión esponsalicia, estableció un diálogo fraterno con toda la humanidad partiendo desde la filiación Divina y extensible con todo el cosmos, la creación y recreación entera de la misma Trinidad. En efecto, cuando alguien se enamora de Dios, no sólo está pendiente de Él, sino que también está pendiente de todo cuanto ama su amado. Así la expansión del amor se vuelve universal, toda la humanidad, toda la creación es un diálogo filial y fraterno con Dios.

Una vez más, vemos como Jesús cura nuestras heridas filiales y fraternas, poniéndonos misericordia en nuestras entrañas, para enseñarnos a perdonarnos nuestras propias fragilidades y sobre todo perdonar las ajenas

Sabemos que «El juicio será sin misericordia para el que no ha tenido misericordia; pero  la misericordia triunfa sobre el juicio. CF. (Sant 2,13).

La fraternidad vivida en amor de caridad, nos hace ser unas nuevas criaturas y si envejecemos, si perdemos esta imagen de Cristo misericordioso, será porque vivimos en la oscuridad de la noche, aunque sabemos que la oscuridad no desaparece con nuestras críticas, cuando enjuiciamos , cuando desconfiamos de la belleza que existe en nuestras hermanas; es nuestra terquedad que sólo nos hace ver aquello que nos estorba y que con toda clase de recursos intentamos herir, humillar a nuestra hermana asegurándole que no sirve para esto o para aquello, sumergiéndola en una perdida de su autoestima.  ¡No! así  no desaparece la noche, sino cuando es iluminada por un diálogo amoroso y fraterno, sencillo, cercano y muy abierto a las mociones del Espíritu Santo.

 

Por lo tanto, nuestra conversión debe de avanzar en el diálogo primero con Cristo, para que posteriormente podamos saber cómo comportarnos con madurez para tratar con esa exquisita y delicada virtud de la misericordia con nuestras hermanas.

En efecto, cuando fallamos en nuestras relaciones fraternas, no sólo rompemos nuestra unidad, quizás nunca haya existido de verdad, porque nuestras relaciones con Dios no son íntimas, ni tan sólo reciprocas o que ya realmente no sentimos ningún sentimiento amoroso verdadero por Él o simplemente por pereza vamos enfriando nuestro amor y seguimos una vida monótona muy ocupadas por el trabajo de la limpieza del monasterio, descuidando la vida de silencio interior y oración. Y ante semejante situación aparecen otro tipo de relaciones-si es que podemos llamar relaciones- en que en sus peticiones a Dios, se espera obtener un provecho de su bondad, es pues  una relación propia de un comerciante en la que a cambio de lo que pide , el orante le dará o hará tal o cual promesa.

 

Pero, regresemos por un momento al relato de la pecadora.

Existe o puede existir en todo grupo humano, la tendencia de pretender dominar a otro u otros, cuya condición psicológica es más débil o bien no gozan de ningún prestigio como es el caso de la pecadora.  Así se presentan a Jesús los escribas y fariseo, ellos alardeaban de su sabiduría, de su autoridad y acusaron a aquella pobre mujer. Cierto que la sorprendieron en adulterio, pero Jesús es más tolerante, mejor dicho, más misericordioso con el pecado de la carne que con el pecado del espíritu. Sí, Jesús nos enseña a ser misericordiosos con los pecadores, no acusó a la mujer y todos los que la querían matar se marcharon avergonzados de su pecado de soberbia; ellos… los jefes,  grandes doctores de la ley reconocieron ser más pecadores que la mujer adultera; porque en su corazón no cabía más soberbia, orgullo y deseos de condenar, todo un programa de venganza y aunque no se trate ese tema en aquellos tiempos, sabemos que en el fondo existía la razón de ser, el hombre superior a la mujer y tenerla sólo para su uso y disfrute.

 

Situaciones similares pueden darse en el mismo seno comunitario. «Se condena », sí de muchas maneras, porque como seres humanos no estamos exentos de caer en esa tentación de juzgar lo que pensamos sin conocer algo de nuestra hermana.

¿Dónde está el Jesús de la misericordia, dónde está el Señor del perdón? siempre  nos tendremos que hacer esta pregunta ¿en qué forma yo he condenado, en qué forma yo he matado? Podemos matar de muchas maneras, en palabras y obras; matar ilusiones, matar esperanzas, proyectos etc.

Muchas veces hemos pecado de incrédulas y con nuestra superioridad lo juzgamos todo y con lo poco que conocemos de nuestra hermana, juzgamos. Pero nuestra hermana es un misterio, creado por Dios, y siendo un gran misterio ¿cómo nos atrevemos a afirmar que es «Así o es asá», como nos atrevemos a asegurar cosas que no sabemos? pero  dudamos más de nosotras mismas que de nuestras hermanas porque en el fondo tenemos los ojos del alma cerrados al amor, cerrados a la misericordia y por lo tanto cerrados para conocer a Dios.

Tenemos con esta actitud la enfermedad propia de las personas orgullosas, es la enfermedad de la miopía espiritual. Jesús es el único que puede curar esa enfermedad y darnos a conocer como en una visión panorámica la belleza de nuestra hermana, de saber que tenemos una hermana formidable, estupenda, y que tiene que ser amada con amor de benevolencia, ese amor benevolente es el que respondió con una sonrisa ante la ira o mal genio de nuestra hermana; es ese amor que sabe soportar con paciencia o lo intenta todo cuanto puede, relativizar las faltas de delicadeza, nuestras faltas de caridad, nuestras omisiones y procurando responder con dulzura antes las palabras hirientes.

 

Creo que el amor realmente inspirado y respirado de Dios, nos hará conocer y reconocer los impedimentos que nos alejan de nuestra comunión fraterna, meditando cómo es Dios, cómo es su Madre, la Virgen María y configurarnos con su ser. Pero, sino somos humildes, nunca sabremos como actuar porque Jesús queda mudo ante la soberbia.

 

 
 

AMOR VIRGINAL

 

 

El amor virginal, nos hará revivir, nos hará resucitar en Cristo, un amor de locura fraterna para hallar como María, la hermana de Lázaro allí junto a Jesús en actitud de escucha, de adoración al misterio Trinitario.

La actitud de escucha orante contemplativo, no es en absoluto un ser inactivo, al contrario, la contemplación y más aún en la hondura de ella cuando asoma la mística, la lleva a actuar llevada del fuego del amor a los actos desde los más sencillos inapreciables a los más heroicos muchas veces igualmente inapreciables. Ese amor irresistible que la mueve a contemplar a Jesús, ve en Él a toda la humanidad, comprende las necesidades y fragilidades ajenas y ordena todas sus potencias del alma; voluntad, memoria  y entendimiento para ser trasformada y cristificada por el amor de Cristo.

La mujer adultera quedó contemplando y se vio contemplada por un hombre que le hablaba de Vida, de misericordia y ello la hizo penetrar en la misma misericordia de Dios que le traspasaba las entrañas para fecundarla en una criatura nueva.

Quién pudiera por un instante penetrar en esa historia de amor de Dios y la humanidad, se daría cuenta que la conversión de un pecador tiene una gran fuerza testimonial, la gracia cae sobre esa pecadora para continuar un proceso de santificación, transformando todo aquello que era pecado en amor sanador, en un dialogo fraterno en Dios.

La vida Consagrada es un gran don que Dios nos ha dado y que nos ayuda a llevar a la santidad a nuestro prójimo y a nosotras mismas, pero ello no quita ni su belleza por la gracia ni su fealdad por el pecado, por eso nuestra vida se debate entre las luces y las sombras, entre la gracia y el pecado y pretender ocultar esa realidad es sencillamente engañarse.

 

 

Autor Sor.Cecilia Codina Masachs:D [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] 

 

Publicado en la Revista Teología Espiritual de la Facultad de Teología
 de Valencia


LIV -162 Septiembre-Diciembre 2010
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Re: MISERICORDIA

Mensaje por Amalia Lateano el Lun Jul 15, 2013 7:49 pm

 ESTIMADA SOR CECILIA

Un texto para guardar y releer cada tanto.
MUY BUENO...
Te felicito.

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