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BEATA JOSEFINA SAULEDA ORDEN PREDICADORES

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BEATA JOSEFINA SAULEDA ORDEN PREDICADORES

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Sáb Ago 10, 2013 4:49 pm

BEATA JOSEFINA SAULEDA, O.P. Mártir
En 2004 la Congregación de las Causas de los Santos aprobó la Positio de la causa sobre el martirio de varios miembros de la Familia Dominicana, cuyo proceso instruido en Barcelona, fue clausurado el 23 de febrero de 1963.
En él se recoge el caso del martirio de diez miembros de la Familia de los Predicadores pertenecientes a la Segunda y Tercera Orden de dicha Familia. Cuenta con la figura anunciada de Sor Josefina Sauleda, monja dominica de Monte Sión de Barcelona, cinco Hermanas dominicas de la Anunciata, procedentes de la antigua Residencia de la Calle Trafalgar, dos hermanas del que fuera Beaterio de Nuestra Señora del Rosario, sito en la calle Mallorca y dos laicos, un ferroviario y un empleado de la industria textil en Hospitalet, miembros de la Fraternidad de Seglares dominicos de Barcelona. Se trata de un grupo que honra la comunidad cristiana tarraconense.
Sor Josefina Sauleda (1885-1936), bautizada con el nombre de Buenaventura, procedía de una familia de honda solera catalana y profundo sentido cristiano afincada en San Pol de Mar (Barcelona). Familia de elevada posición, cuyo progenitor era propietario de una industria textil, bien llevada, que repercutía en bien del pueblo. El matrimonio tuvo doce hijos, y nuestra protagonista hacía el número diez. La pequeña «Ventureta», como se la conocía familiarmente, recibió una seria formación cristiana, que completó con una educación humanista correspondiente a su estado social, según costumbre de la época. Frecuentó el colegio de las Hermanas Dominicas de la Anunciata de la localidad, además de recibir una selecta formación en música.
Claustro gótico del Monasterio de Monte Sión de Esplugues de Llobregat (Barcelona)
A la hora de elegir estado, se decantó por la vida religiosa, si bien dudaba dedicarse a la vida activa en una institución dedicada a obras de caridad, para lo cual tenía cualidades excepcionales, o consagrarse a la vida contemplativa en clausura, que representa otra dimensión de la sublime virtud de la caridad. Después de honda reflexión en unos días de retiro espiritual, debidamente asesorada, se decidió por solicitar el ingreso en el Monasterio de Nuestra Señora de Monte Sión, de la Orden de Santo Domingo, donde años atrás había profesado su hermana mayor Mercedes.
Era un Monasterio de rica tradición histórica, muy vinculado a la vida de la ciudad, desde su fundación a mediados del siglo XIV. Muy relacionado con grandes familias, por su participación en importantes acontecimientos ciudadanos, tenía algo de relicario para los barceloneses. Aunque tuvo que cambiar varias veces de emplazamiento, mantuvo como señera su claustro gótico, que aun se conserva. A su señorío añadía una poderosa influencia espiritual en la sociedad de su tiempo.
El 19 de enero de 1905, la joven Buenaventura Sauleda cruzaba la puerta claustral del Monasterio, del que solamente saldría para ir al martirio. Contaba 24 años de edad, iniciando su andadura para monja dominica, asumiendo en la profesión religiosa el nombre de Sor Josefina. Mujer de temple y recio carácter, eficiente y bondadosa, de espiritualidad bien definida, de cálido trato humano perfumado por el amor fraterno, fue un instrumento de paz y convivencia en la vida interna del monasterio. Priora por dos trienios consecutivos, en 1935 fue nombrada Maestra de Novicias. No le faltaron ocasiones para demostrar y perfeccionar sus cualidades personales. Pero donde ella dio la nota definitiva de su vida y personalidad religiosa, fue durante la persecución religiosa de 1936. Su firmeza ante el martirio impresionó a sus mismos perseguidores. La Madre Sauleda dejaba huella.
El 21 de julio era asaltado el Monasterio e incendiado el templo. Las monjas tuvieron que ver desde fuera como las llamas devoraban los alteres y obras de arte de la iglesia, quedando solamente las paredes calcinadas, mientras masas incontroladas desvalijaban el interior del edificio conventual.
Tuvieron que hacerse a la idea de que carecía de sentido pensar en volver, por lo tanto era imprescindible, y con sello de urgencia, hallar acomodo conveniente para todas las monjas… La Priora, persona mayor y desorientada ante lo que había tenido que ver, no era la más adecuada para llevar a cabo las gestiones necesarias y colocar a todas las monjas en lugares aptos para ellas, en aquellas dramáticas y peligrosas circunstancias. La responsabilidad vino a caer sobre Sor Josefina. Para las monjas que tenían familia en la ciudad y pueblos cercanos no había problema. Pero quedaba el grupito de novicias, de monjas de fuera de Barcelona, agravado por las ancianas y enfermas o discapacitadas. Con todo se enfrentó Sor Josefina. Solo Dios sabe los pasos que tuvo que dar, y gestiones que tuvo que hacer sin medios económicos. Aun a sabiendas de que era conocida y perseguida, no se acobardó. Aguantó desplantes y desprecios, ver como se le cerraban las puertas, porque su presencia comprometía. Impertérrita y segura de la ayuda de Dios, no paró hasta conseguir poner las monjas a buen recaudo, y abrir un resquicio a la esperanza. La caridad y la abnegación habían dado la nota máxima. Y cuando pudo dar por concluida la colocación de toda la Comunidad, pudo pensar en recogerse ella con sus familiares que la esperaban en San Pol de Mar… Entonces fue denunciada y detenida. Era el 31 de agosto de 1936.
Empezó un nuevo calvario que duró medio día, a base de constantes interrogatorios sin más ayuda que un vaso de agua, pero que ella aguantó con un estoicismo que solo una caridad sin límites puede propiciar. Mantuvo el secreto que le correspondía y a nadie perjudicó. De noche se la llevaron, y en la madrugada del 1 de septiembre fue encontrado su cuerpo, con el rostro desfigurado, pero que pudo ser identificado y recogido por sus familiares. Para la historia es un misterio lo que Sor Josefina Sauleda sufrió aquella noche. Sabemos que de ella salieron solamente palabras de perdón. Dijo en alguna ocasión en vida que consideraría dichosa al alma que mereciera la palma del martirio. El Señor se la tenía preparada para ella. Sor Josefina Sauleda recibía la corona de mártir, y la Iglesia lo ratifica.

Sor.Cecilia Codina Masachs
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