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HEREJÍAS EN LOS 20 SIGLOS DE LA IGLESIA

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HEREJÍAS EN LOS 20 SIGLOS DE LA IGLESIA

Mensaje por CECILIA CODINA MASACHS el Mar Ago 20, 2013 5:26 am

HEREJÍAS EN LOS 20 SIGLOS DE LA IGLESIA
 
Siglo XV en adelante
Galicanismo (s. XVI) – con este nombre se conoce al conjunto de tendencias de orden cultural, social-organizativo y litúrgico promovidas por el clero francés y con el inexorable apoyo de la monarquía. Si bien no pueden considerarselas heréticas en el sentido estricto de la palabra, si puede afirmarse que tales nociones tuvieron por finalidad, restringir el poder y las prerrogativas de la Santa Sede frente al poder Estatal. Su origen remoto o ‘mediato’ puede ser ubicado en las diversas disputas surgidas entre el Papa Bonifacio VIII (1294-1303) y el rey de Francia, Felipe el Hermoso (1286-1314) motivadas por los excesivos impuestos exigidos por dicho rey al clero, sin contar con el debido permiso pontificio. Tal actitud le valió al rey francés una bula de excomunión en su contra denominada ‘Unam Sanctam’  en la que se reafirmaba la supremacía del poder espiritual por sobre el temporal. Otro jalón de esta historia, fue la rápida profusión de aquellas ideas que tendieron a conceder preeminencia a las decisiones del Concilio en desmedro del Pontífice, como así también las que consideraban que, en materia jurisdiccional, los Obispos y el clero en general tenían dicha facultad por haber sido otorgada directamente de Dios, sin necesidad de mediación o intervención alguna del Papado. En cuanto a las motivaciones ‘inmediatas’ del galicanismo, sin duda sobresale la promulgación de la ‘Declaración del Clero Galicano’ (París, 1682), cuyos principios pueden ser así sintetizados:
1)     en las cuestiones temporales, los reyes y príncipes son independientes de toda autoridad eclesiástica;
2)   en las cuestiones espirituales, el Papa debe subordinarse a los Concilios Generales, encontrándose, además, su autoridad limitada por los sagrados cánones;
3)   las reglas y costumbres propias de la Iglesia de Francia no pueden ser modificadas por la Santa Sede;
4)   el juicio del Papa tiene valor en materias de Fe, pero para su promulgación requieren siempre de la necesaria aceptación de la Iglesia entera.
Las autoridades eclesiásticas no tardaron en reaccionar contra el contenido de aquella Declaración, siendo condenada sucesivamente por los papas Inocencio X (1682) y Alejandro VIII (1690). Finalmente, durante las sesiones llevadas a cabo en el Concilio Ecuménico Vaticano I (1869-1870), el galicanismo recibió un duro golpe al ser definida dogmáticamente la doctrina de la ‘Infalibilidad del Romano Pontífice’, siendo nuevamente censuradas sus doctrinas. Contemporáneamente, el espíritu galicano aflora, de tanto en tanto, en algunos sectores disidentes de la Iglesia Católica.
Quietismo (s. XVII) –  se designa bajo este nombre al movimiento iniciado por el sacerdote y teólogo español Miguel de Molinos (1628-1696). A los fines de lograr una mayor perfección cristiana, creía Molinos que debía el hombre abandonarse totalmente a Dios al punto de suprimir todo acto explícito de virtud y/o deseo de santidad. Por ende, afirmaba que al encontrarse el alma unida a Dios no debía resistirse a las tentaciones sino a aceptarlas pasivamente ya que en ese estado, el hombre no puede pecar. Tales ideas fueron condenadas por el Papa Inocencio XI (1687), retractándose Molinos de las mismas. Sin embargo, sus doctrinas fueron recogidas por otros como el sacerdote Lacombe, el escritor francés Fenelón y principalmente por madame Guyón, por lo que el quietismo volvió a ser condenado, esta vez, por el Papa Inocencio XII (1689).
Jansenismo (s. XVII) – bajo esta designación se conoce al conjunto de teorías elaboradas por el obispo de Ypres y teólogo francés, Cornelius Jansenius o Jansenio (1585-1638), vertidas principalmente en su libro “Agustinus”. En síntesis, sus ideas significaron un resurgimiento de la antigua disputa teológica entre el valor de la libertad y la predestinación, inclinándose Jansenio por éste último en desmedro de la libertad. Creía que a causa del pecado original el hombre sólo podía alcanzar la salvación mediante la intervención de la Gracia, intervención que inexorablemente inclinaba la  voluntad hacia el bien, sin que la libertad interior del hombre pueda resistirla. Ello implicaba necesariamente limitar el carácter universal de la Redención puesto que los no predestinados carecían de la posibilidad de recibir influjo alguno de Cristo y con ello, quedaban fuera de toda posibilidad de salvación al estar irremediablemente sometidos a los efectos del pecado original. 
La rápida difusión de tales doctrinas y las disputas que se originaban a su alrededor (principalmente con los jesuitas), hizo que muchos vieran en ellas el inicio de una nueva herejía. Bien cabe aclarar que Jansenio nunca estuvo en su espíritu promover unas doctrinas contrarias al magisterio eclesial y menos aún un cisma. A tal punto ello era así que, antes de morir, ordenó a sus discípulos obedecer a la autoridad de Roma y modificar todo aquello que resultare inconveniente. Sin embargo, ello no fue óbice para que muchos desatendieran su última voluntad, promoviéndolas a pesar de las condenas dispuestas por los papas Urbano VIII (1615) y Alejandro VII a través de la constitución ‘Ad Sacram beati Petri Sedem”. Finalmente, el golpe de gracia al jansenismo lo dio el papa Clemente XI, a través de la bula ‘Unigenitus Dei Fillius’ (1715). Esta última originó la desobediencia de algunos obispos holandeses quienes, liderados por Cornelius Steenoven, en el año 1723, provocaron un cisma que dio origen a la Iglesia Vetero-católica de Utrecht.
Racionalismo (s. XVII) – escuela filosófica que consideró como intrínsecamente racional toda la estructura de la realidad, esto es, que la misma puede ser plenamente comprendida por la razón humana, incluido Dios. Allí es cuando esta escuela entra en conflicto con la Iglesia. El racionalismo no admitía las verdades de la fe que, según ellos, pudieran contradecir a la razón, tildándolas –en su caso- de supersticiosas u obscurantistas. Uno de sus principales intentos en materia religiosa fue la de reducir todas las tradiciones a unos pocos principios racionales supuestamente comunes, dejando de lado las discusiones teológicas y/o dogmáticas que pudieran existir entre ellas. Esta postura mereció el rechazo por parte de las autoridades eclesiásticas, entendiéndola como una insoportable intromisión en asuntos que se encuentran fuera del ámbito filosófico, mereciendo por ello su condena en el Concilio ecuménico Vaticano I (1869-70), llevado a cabo durante el pontificado del papa Pío IX (1846-1878).
Febronianismo (s. XVIII) – conjunto de doctrinas elaboradas por el obispo auxiliar de Tréveris, Juan Nicolás von Hontheim (o Febronio). Para éste, los obispos eran quienes tenían la facultad de ser los jueces en cuestiones referidas a la Fe, por lo que el Papa no podía imponer ninguna norma eclesiástica sin que los obispos lo hayan aprobado previamente. Así, sostuvo que los obispos, aún con la ayuda del poder temporal, podían deponer al Papa cuando éste se excediera en sus atribuciones y competencias. Todas estas formulaciones fueron condenadas sucesivamente por los papas Clemente XIII en 1764 y 1766, y  por Clemente XIV en 1771 y 1774.
Fideísmo – escuela filosófica surgida como una reacción al racionalismo imperante en el siglo XVIII, la que tuvo en el abate francés, Bautain, uno de sus principales promotores, junto a Grahy (1872), Bonald (1840) y al tradicionalista Lamennais (1854). Las ideas del fideísmo se concentraron en considerar la imposibilidad de la razón humana de alcanzar la Verdad, por sí sola.  Así, la existencia de Dios no puede ser conocida por la razón natural, sino sólo por la Fe, atento que todo nuestro conocimiento proviene de los sentidos, de la experiencia y en consecuencia, todo lo que lo sobrepasa, resulta incognosible e indemostrable para la razón. De esta suerte, los fideístas afirmaban que toda construcción filosófica debía necesariamente recurrir a la Fe, so pena, de no se alcanzar nunca  certidumbre alguna sobre materias propias de la Revelación Divina. Encontrándose muy extendidas estas ideas, fueron condenadas por los papas Gregorio XVI (1830-1846), Pío IX a través de la encíclica ‘Qui Pluribus’ (1846), para finalmente ser denunciados sus peligros por los padres participantes en el Concilio Vaticano I (1869-1870).
Modernismo (s. XIX – XX) – término generalmente utilizado para designar al movimiento surgido en Europa (y de allí al resto del mundo) y que supiera ejercer una fuerte influencia en amplios campos del quehacer humano (vgr. literatura, pintura, arquitectura, etc.). El ámbito religioso, específicamente el cristiano, no se mantuvo incólume a sus influencias. Así, los seguidores de la corriente modernista intentaron armonizar la doctrina tradicional de la Iglesia con las nuevas tendencias filosóficas, los nuevos descubrimientos históricos y científicos. Entre sus principales propulsores dentro del Catolicismo pueden citarse (sin que su señalamiento implique juicio de valor alguno) al jesuita y teólogo inglés George Tyrrell, al filósofo Edouard Le Roy; al investigador y exegeta Alfred Loisy y al historiador Ernesto Buonaiutti, entre muchos otros. Al considerar que las formulaciones efectuadas por los representantes del modernismo eran una ‘síntesis de todas las herejías’ en donde se mezclaban el agnosticismo, el subjetivismo, el fenomenismo, el relativismo, el inmanentismo y un evolucionismo radical, el Santo Oficio lo condenó a través del decreto ‘Lamentabili’ (1907). Luego, la condena fue reafirmada sucesivamente por el papa Pío X (1903-1914) mediante su encíclica ‘Pascendi’ y el motu proprio ‘Sacrorum Antistium’ (1910).
 

Fuente: Gabriel Ernesto Fandiño para defiendetufe.org 


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